Me levanto poco antes de las seis de la mañana con una fuerte contractura, producto de un asunto de trabajo que se complicó por la impericia de mi padre. Pero no es tan así. No quiero hacer ciertas cosas y se las pido a él, que hace lo posible. Es todo un gran sinsentido basado en la necesidad de realizar acciones “productivas”. Los dos estamos encerrados en esa cuestión, así como casi todas las personas en este planeta. Las acciones deben ser útiles. Luego, algunos pocos, desde ese bienestar, pretenden llegar a un avance espiritual. Pero no es fácil. Por lo pronto, me levanté a mirar el cielo: tenía algunas nubes y había mucho viento. El día de primavera perfecto. Pero un día más tendría que enfrentar los escollos que encuentro a diario en la oficina para lograr bienes. Y eso hice. Después, en mi taller, una mujer me golpeó el vidrio y me preguntó si yo vendía los cuadros o daba clases de pintura. Le dije que ni una cosa ni la otra, que pintaba por placer. La mujer lanzó una exhalación de satisfacción, me felicitó y se fue. Me quedé pensando qué haré con mis cuadros. ¿Debería regalarlos a quien los quiera? ¿O intentar venderlos para no tener que ir más a la oficina? ¿En ese caso todo sería mejor? ¿Si ganase mucho dinero estaría mejor? ¿Se puede estar realmente muy bien en la vida? ¿Es justo pretender tanto?
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miércoles, 22 de octubre de 2025
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