Ahora en mi hotel hay una fiesta y ayer también hubo una fiesta de unos canadienses. A su vez, en el hotel que está a unos, calculo, trescientos metros siguiendo por la playa hay dos cantantes -hombre y mujer- que hacen cantar al público. Me dieron pocas ganas de continuar en el jacuzzi no obstante el agua caliente, la espuma, las estrellas y el ruido del mar golpeando las olas.
Más temprano, conversé con un mozo de nombre Roberto, incluso tal vez más amable que otros mozos. Le comenté que el hotel tiene un tema sonoro molesto. Hay varios parlantes en el espacio principal de las piletas que se superponen -la música ambiental de los distintos parlantes choca con otros más grandes que ponen junto a la pileta para eventos en donde procuran divertir a las huéspedes con bailes desde afuera de la pileta que ellos deben realizar dentro-. Roberto me contestó que justamente, por lo que ha escuchado, la clientela lo que ha pedido es que eleven el nivel de eventos o fiestas dado que falta más "alegría".
Anoche pude ver ese tipo de euforia de cerca cuando fuimos a comer con mi pareja e hija a un restaurante que se define como de cocina francesa dentro del hotel. La fiesta organizada para los canadienses tenía lugar en el gran espacio donde están las distintas piletas. Había una pantalla gigante que mostraba escenas animadas con una estética pop de los ochenta. Los hombres vestían camisas hawaianas y las mujeres de vestidos largos. La gente parecía contenta en las mesas y en la pista de baile. Mi hija quiso filmar el baile de un muñeco amarillo, simple en su composición, que bailaba en la pantalla. Por un momento, su risa me hizo reír.
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