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domingo, 31 de mayo de 2026

Lago Lolog

Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial. 

Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Ligereza

 Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar. 

Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.

Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Color sobre color

 

Seis y media por fin llegué a mi taller. Lo logré, pero demasiado tarde. ¿O nunca es tarde cuando la dicha es buena? Pronto, saqué un gran lienzo al patio y, cuando me puse a pintar, comencé a sentir el placer de crear una imagen en un lienzo, de emplear colores, el azul, el verde y el gris, en este caso. Busqué conectarlos en un entramado. No con la forma que busco. Pero al menos una forma que comienza a atraerme. Rodeado de esas paredes de cemento del patio, con pocas plantas a un costado y una fuente que no funciona, sentí ganas de conversar con mi amigo que vive en USA. Le conté algunas impresiones que tuve más temprano acerca de sus pinturas y sobre todo le dije que me intrigaba mucho qué haríamos si dispusiéramos de más tiempo para embarcarnos en un proyecto artístico. Dedicarle energía, tiempo, para crear un mundo personal. Es algo que me intriga y me produce temor. Al vacío. Al fracaso. O bien sea que no termino de sentir ese llamado. Entre tantas cuestiones, me siento incómodo en el llamado "ambiente artístico". Del mismo modo, que no me siento parte del ambiente académico, ni empresarial, ni en ningún otro lugar demasiado preciso. 

Dudas puntuales

 

Un día extraño en el que me desperté nueve y media, un día de sol con cierto calor. Es el comienzo del otoño. Me puse a trabajar en casa, hice ejercicios y más tarde emprendí esos intentos de fijar mi atención en no pensar. Como tantas veces, me encontré entonces con el límite, la imposibilidad. Cierto impulso que me llevan a la acción. Como me esperan muchas tareas laborales no puedo meditar pensando en lo que tengo que hacer -aunque no verdad nada me apremie-. 

Debía estar en lo del peluquero a las doce. Pero llegué doce y veinte por mis malos cálculos del tiempo entre el desayuno y mis tareas laborales. Intenté de todos modos, una vez en la silla, más calmo, con mi cara seria en el espejo, concentrarme en el placer de sentir toques calculados en mis pelos, apenas, uno a uno, acompañados con la mano.

Doce y treinta y cinco salí rumbo a mi oficina donde estaban mi padre y mi hijo conversando. Mi padre, retirado, fue y vino sin mayor precisión pero, por lo visto, contento de no tener más obligaciones. Se fueron ambos al rato. Mi pareja llegó con mi sobrina para ver posibles refacciones en las instalaciones y también se fueron pronto. Me sentía nervioso, alterado por pensamientos que me habían involucrado en recuerdos de un personaje que considero negativo. Es increíble, eso solo, me había alterado camino a la oficina. 

A partir de las dos de la tarde, dediqué mi tiempo a varias tareas y reuniones y a las cuatro de la tarde me fui a la plaza a echarme en el pasto bajo una palmera. Unos gorriones se hacían escuchar a poca distancia. Me di cuenta que estaban arriba mío, en la palmera, muy en lo alto. Pero no pude dejar el celular de lado. Cinco en punto tuve un encuentro en mi oficina con un joven que estudia derecho y es amigo de mi hija. Se sentó del otro lado de mi escritorio y pronto su entusiasmo me llamó la atención. Miraba sobre mi cabeza los objetos de arte que tengo en la pared -máscaras de la cultura Chané-. Me hizo pensar que soy más dichoso de lo que me siento. 

lunes, 25 de mayo de 2026

Almuerzo


Estamos en la playa. Cumpleaños de mi mujer. Día de sol. Hace calor, pero no demasiado. El mar está en un punto justo. No lo veo demasiado calmo ni demasiado picado. Las olas son medianas, evalúo con la vista en el horizonte. Me meto hasta la cintura, el agua no está demasiado fría. Nado crawl, no lejos de la orilla. Al salir del agua, me entero por mi pareja que hay un mensaje. Ha sonado la alarma. El personal de la empresa ha detectado una ventana abierta, aunque sin novedades. 

Dejé esa ventana abierta la noche anterior, cuando cociné. Me olvidé de cerrarla, confieso. Temo por mi computadora y celular. Incluso mi billetera. Mi pareja se ofrece a ir a revisar la casa y cerrar la ventana. Le digo que es su cumpleaños. Voy yo. Pero me dice que prefiere ir ella. Prefiero aprovechar para ir al baño. La acompaño hasta lo alto del médano y luego hasta el auto. De vuelta en la playa, veo a un vendedor de revistas de sudokus y crucigramas. Nunca había visto uno. Lo llamo para que mi hija elija. Toma dos ejemplares y paga. El hombre, sonriente, sigue su camino. Un grande, le comento a mi hija alzando la vista hacia el vendedor. 

Sigo a la espera del llamado de mi pareja. Hasta que: Todo bien, no falta nada. me dice. Vuelvo al agua a nadar, apenas, no demasiado. Quiero más bien disfrutar del agua, que las olas me pasen, no exigirme. 

Al salir, mis hijos me dicen que tienen hambre. ¿Quieren almorzar en el mismo lugar donde desayunamos? Dale, responden. Nos encontramos en esa esquina con mi pareja de regreso desde la casa. La mesa es ideal, en el jardín, un poco en lo alto, retirada, bajo un árbol, con sillas de esterilla especialmente cómodas. Pedimos. La comida no se demora, y es excelente. En un momento, al salir del baño, en una mesa cercana, en un grupo de amigos, me parece que una joven me mira. Vuelvo al rato para elegir un postre y lo mismo. No sé si hay algo en mí que la intriga o algún tipo de atracción mínima. Bueno, vamos, digo cuando me acerco de regreso a nuestra mesa.

domingo, 24 de mayo de 2026

No lo sé

 

Día de lluvia continua, incesante, raudales de agua. La casa, que están en una cuesta, sufrió el embate del barro que traía el agua en la puerta de entrada y, más que nada, en el patio de abajo, el que mira al bosque en donde los pinos se repiten. 

Esos mismo pinos proliferan por las inmediaciones al punto que el espacio adquiere un tono de encierro, de cierto agobio. El espacio abierto que no termina de aparecer. Los pájaros sí lo hacen. Cantan. Me alegran mientras veo el cielo entre los árboles, que no paran de inclinarse. Lo que no me gusta es fijarme tanto en crear ciertas tensiones con otras personas. Por ejemplo: alguien cerró un paso que hay por el bosque entre dos calles (no sé con qué finalidad -si que no pase los peatones o qué-). El caso es que me subleva el hecho que se haya tomado la atribución de cerrar un paso público. No debería el tema conmoverme tanto, pero lo hace. 

sábado, 23 de mayo de 2026

La paja del trigo 3

Ocho y cinco, cuando salí del taller, saludé al encargado de la galería, que cierra a las ocho (esta vez fue de las pocas que me demoré un poco porque nuestro vínculo puede soportar eso). Caminé hasta el supermercado donde compré lo necesario para un asado que pienso hacer este domingo por mi cumpleaños Cincuenta y tres años. Es como había escuchado. Uno envejece sin entender que el tiempo pase tan rápido. El cuerpo no representa la juventud que permanece (tal vez por la inmadurez).

De regreso a mi casa decidí no salir para el lugar del fin de semana. Mi pareja no tenía muchas ganas. Mejor, me dije, aprovechar el espacio del taller mañana. Cené con ella y luego tuve que soportar unos jóvenes vecinos en una terraza cercana y me fui a dormir con ese incordio. Casi cuatro horas después me desperté abrumado. Acá me encuentro. La ciudad a mi alrededor en modo bastante silencioso. El cartel luminoso de IBM a lo lejos. Un avión pasa. Un sonido lejano que me calma. Más lejos está el río y eso también me trae felicidad. Veo la calle que baja. Nadie a pie. Unos pocos autos pasan por la avenida. Una escena que he visto muchas veces muchas noches en busca siempre de la misma paz. Ahora la convoco y ella aparece tenue, por un instante. Quisiera prolongar esos atisbos tan dispares. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Día gris de calor

Un día de sol con falta de aire y también una canción que se repite. Van a despertar del sueño, dice la letra. Sale de un bar la música. Esa frase te hace pensar que ese instante -el escuchar la canción un día de verano- ya lo has vivido. Podrías asegurarlo. Afuera no cantan los pájaros. La ciudad está quieta. Y sin embargo, son las cuatro de la tarde. 

Estás en el barrio llamado Tribunales. En el medio de una plaza, bajo un enorme eucalipto, ves el enorme edificio que ocupa toda una manzana. Aloja una alcaldía, varios tribunales y a la Corte Suprema de Justicia. Has vivido cerca de ese edifico casi toda tu vida. No sabés qué sentido tiene esa proximidad. Hay hojas secas -cosa extraña- esparcidas por el suelo. Raro porque es pleno enero.  A unos pasos, unos turistas alzan la vista hacia un teatro emblemático. Está cruzando la plaza. El sopor te hace querer ir hacia el pasado. Acá mismo te encontraste con esa mujer. Luego, se sentaron en un banco de la plaza y se juraron muchas cosas. En esencia, todas verdades. Un moto toca su bocina a una mujer que cruza cuando no le corresponde por la mitad de la calle. La mujer se apura nada. Hay nubes que cubren el cielo y reflejan las imágenes antiguas que no paran de buscarte. 

sábado, 16 de mayo de 2026

Espalda

 Nueve y media de la noche. Llegamos al restaurante el viejo Hobbit, que tiene un origen incluso anterior a la película. El dueño lo creó a partir del libro, nos explica el voluminoso y calmo hombre que nos recibe en la entrada, y tiempo atrás recibió una demanda de los productores de la película, añade. No creo que progrese, acota por fin con las manos en los bolsillos. 

Entramos. La decoración está a la par de lo que supongo es la estética del libro. Duendes, bosques, incluso un molino. Todo es kitsch e incluso viejo, y aun así logra cierto encanto. Fuentes. Hay bastante madera en la construcción. La moza, joven, morocha, tiene tatuado en su espalda un dibujo japonés del tipo que usaban o usan -no sé bien- las mujeres de los jakuzas. Me pierdo frente a esas figuras sobre la piel blanca. 

jueves, 14 de mayo de 2026

Las soñaré

Nadaba pensando que vivo abrumado por los sentimientos, por los pensamientos, por todo tipo de sonidos externos, y en particular por los ladridos de los perros y las voces altisonantes.  También atento a sumergir un poco más la cabeza y a estirar un poco más los brazos -eso me había sugerido más temprano mi cuñado-. Afuera, por instantes, escuchaba el canto de los pájaros. El sol bajaba casi hasta hasta las copas de unos árboles muy a la distancia. Paré en el borde de la parte más profunda de la pileta y divisé de espalda, paradas de charla, a dos mujeres con un hombre. Más allá, tres niños, de apenas dos años, jugaban con una pelota de goma pequeña de un naranja estridente. Me parecieron increíblemente atractivas. Firmes, paradas de un modo que transmitía una certeza sobre sí mismas que, en sus vidas, a medida que envejecieran, sería insuperable. Jovenes madres que me recordaron a mujeres de mi juventud deseadas a la distancia. Luego, cuando se retiraban, más cerco mío, de nuevo parado en el borde, pude detenerme en la belleza de sus piernas. ¿Las soñaré? Hoy cumplo cincuenta y tres años. 

martes, 12 de mayo de 2026

Por fin el mar

Cumpleaños de mi pareja. Nos levantamos y, más rápido de lo que me gustaría, salimos con nuestros hijos a desayunar. El lugar nos gusta en especial. Una esquina a una cuadra de la playa que tiene un patio que mira a las calles, estanque, árboles y plantas. Música baja, relajada. Mozas amables. La encargada también. El desayuno: bien servido, abundante. 

Luego la playa. Para eso hemos traído las sillas que guardamos en el baúl del auto. Subimos el médano y encaramos para la izquierda en busca de un espacio de arena cerca de la orilla, lo más alejado de otras personas. Nos instalamos, pero surgen los incordios. Un grupo de tres hombres han ido al agua y, en la orilla, se ha quedado un perro -un bull terrier-. Una mujer lo llama con insistencia, a los gritos, y el perro como si nada. Mi pareja termina por gritar: Mové las piernitas.. y la mujer -cirugía en los pechos, glúteos y por lo que veo también en la cara- opta por acostarse boca bajo y no hacerse cargo. Por fin, sale el dueño del agua -un joven corpulento con un corte que combina un rapado encima de una oreja con el pelo largo y teñido de rubio-, el perro se echa con el dueño en la arena. Lo miro bien. El animal es dócil -más allá de su aspecto-. 

Lo que no funciona, me informa mi pareja de regreso de hablar con el bañero, es la idea de que alguien le diga a ese grupo que no pueden estar con ese perro suelto. 

Salimos a caminar. Día de sol con la temperatura ideal. Veinticinco grados. No hay viento. Hablamos de temas de trabajo dado que todavía estoy absorbido por esas temáticas. De vuelta, me meto al mar. Nado. Las olas, medianas, llegan rotas a mi cuerpo. Nado crawl hacia un costado y luego otro. No hay motivos para estar mal, me digo.

sábado, 9 de mayo de 2026

La paja del trigo 2

 

Cinco y media volví a mi casa luego de dejar a mi padre en la suya. Terminé con algunos mensajes un tanto tensos de trabajo -roces con una abogada que trabaja conmigo- y me fui al taller con mi cabeza todavía a mil por los mensajes de ese celular. En el taller por momentos me pude meter con los colores y darle distancia a los objetos arcaicos que pinto y que no sé de dónde salen ni qué quiere decir -porque no logro estructurar mi lenguaje técnico-. Es que no tengo ninguna gana de ceder más a las estructuras; ya estoy maniatado por ellas en los demás aspectos de mi vida. ¿Cómo podría entonces avanzar? No lo sé. 

Por ese mismo motivo no sé cómo soltar esas estructuras que tengo y que dieron pie a que lleve adelante tantos expedientes. Miles tramitando dentro de ese palacio de Tribunales donde un pluma -pequeña, blanca- se suspende por esos pasillos de esos tribunales en busca de una ventana o puerta.

viernes, 8 de mayo de 2026

Un río que es como un mar

 Ahora son casi las cinco de la mañana de un sábado. Estoy en la ciudad. No me fui a la casa de fin de semana porque deseo ir al taller mañana. Necesito pintar, meterme con los colores, verlos, sentir sus pigmentos, su vitalidad en la tela. Componer una imagen hasta volver a una sensación de alegría capaz de llevar al observador a un lugar en donde fue feliz.  

Nadé cerca del mediodía. Me levanté a las nueve de la mañana después de dormir de corrido ocho horas. Trabajé con cierta ansiedad por avanzar, Quiero sacarme el trabajo de encima. Reducirlo a la menor expresión y eso es la demostración de la poca vitalidad que me aporta. 

A las doce, salí en el auto hacia el club. Pero antes tuve que soportar el llamado de una abogada que trabaja conmigo. Malas noticias. Otro error en su gestión que deberé enfrentar. En la pileta, encontré a la misma señora que estaba días atrás -esta vez junto con una amiga con la que no paraba de charla sentada en una reposera- y al hombre que nadó en el carril contiguo al mío, y con quien hablé en los mejores términos acerca de lo lindo que es esa pileta frente al río. Nadé por espacio de casi una hora, pero tomado por los temas de mi trabajo. Lo bueno es que pude dejar el celular en el auto y por momentos concentrarme en los pájaros. Varios cabecitas negras en los arbustos junto al río. Dos caranchos en la copa de un pino cercano. Una garza metida apenas en el río. También la profundidad del horizonte. Esa distancia tan importante en el mar y en este río que es como un mar (porque no se ve la costa del otro lado -la que está en Uruguay).

miércoles, 6 de mayo de 2026

Mañana será el gran día

 Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba mi padre en el estudio esperando a mi hijo para enseñarle un poco del trabajo. Pero eso no fue todo. Hay un colega, al cual le hice un trámite, y no me había pagado, que apareció y me dijo que me iba a pagar la primera cuota de su deuda. Así que fui con mi padre -que justo salía de la oficina- hasta la esquina y nos encontramos con este señor, y a ese señor, de buen modo, le expliqué que mi padre me acababa de decir que después de cincuenta y cuatro años se retiraba de la profesión. Ese retiro, expresado a ese hombre, me pareció que para mi padre tuvo el sentido de un alivio. Cuando lo despedimos, mi padre tuvo el lindo gesto de decirme que me quería ayudar a comprar la parte de la oficina que pertenece a un hombre que está retirado y me la alquila desde hace unos años. Le dije que no es necesario y él me dijo que quería hacerlo. A nuestro lado, estaba el enorme palacio de tribunales. Cruzamos al calle y, por esas cosas que tengo, volví apresurado al estudio antes de que se fuera una empleada con la quería repasar un par de temas. Mi padre siguió su camino a su casa. 

Más tarde, con mi hijo -que había permanecido en la oficina trabajando- fuimos hasta el pequeño restaurante en donde almuerzo casi siempre. El dueño estaba cerrando. Dijo no tener más platos que ofrecernos. Mi hijo me dijo que entonces prefería volver a nuestra casa, cosa que hizo y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Lo vi trotar un poco cuando cruzó la calle en busca de ese vehículo. 

Volví a mi oficina donde trabajé por varias horas. En el interín, recibí el llamado de un abogado que trabaja conmigo, quien explicó con pesar que había cometido un error considerable en un juicio, cosa que me alarmó bastante, pero pude arbitrar bastante bien el inconveniente y seguí con mis tareas hasta que cerca de las seis de la tarde salí a la calle. 

Al portero, y a un hombre que suele estar en la puerta de mi oficina y junta papeles y cartones, le dije que era un día maravilloso -porque lo era-. Sol y tibieza por el espacio cercano. También les comenté que eran unos afortunados de estar en esa vereda. Sonrieron y me fui. 

Pasadas las seis de la tarde pasé por la librería artística de otra persona amiga, quien me tenía reservado un lienzo de un metro setenta y seis de ancho por un metro sesenta de alto. Será la primera vez que pinte una tela tan grande. 

lunes, 4 de mayo de 2026

Antes de irme a la cama

 Acabo de salir al balcón. Noche del fin del verano fresca con un viento agradable que va, corre. Acabo de levantar mi cabeza, acá, en el último piso, para mirar las estrellas. Unas nubes, casi nada eran, pasaban sobre ellas, esas estrellas mucho más distantes. Fui con mi hijo al palacio de justicia y, en ese enorme edificio donde resuenan los pasos, me vio en acción en una mesa de entradas. La presentación con dos jovenes retraídos por la solemnidad de la práctica tribunalicia. Mi explicación de por qué necesitaba hablar con cierto funcionario. El hecho de que el funcionario tuviera a bien por fin apersonarse para que mi hijo presencie, luego mi alegato. Sonrisas amables para pedir, mi esmerada diplomacia en acción. Atrás, supongo que estaba la mirada atenta de mi hijo. 


sábado, 2 de mayo de 2026

Realización

Cinco y cuarenta y ocho de la mañana. Dormí mal acicateado por el dolor de estomago, pero lo más claro es el sentimiento de angustia por la cantidad de juicios que tengo. Durante años, luché por lograr tener muchos clientes, muchos juicios. Ahora ellos son mi éxito y mi condena. Debo elegir tener menos juicios o ser capaz de lidiar mejor con los que tengo. O bien debería sumar otra posibilidad -que ahora no vislumbro-. 

Ahora -cerca de las seis de la mañana- veo que a lo lejos el cielo se empieza a ver más celeste, el sol todavía no asoma cerca de un edifico que dice en su parte más alta "IBM" en grandes letras luminosas. Un avión pasa. Su estruendo lejano me sosiega. También espero que me sosiegue escribir y que me sirva para algo y que ese beneficio no termine en un tipo de encierro como me ha sucedido con los juicios. Una vez se me apareció esa idea en Paría, en un bañera, estaba en el piso más alto de ese edificio por supuesto antiguo, por la ventana se veía la torre Eifell. Veía su figura en el agua caliente -era invierno-. De pronto, de la nada, apareció ese pensamiento: en algún momento lo deseado durante tantos años se iba a concretar y esa realización sería una condena. 

viernes, 1 de mayo de 2026

La ofrenda

 Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos frente a un estanque que tiene peces naranjas. Los cuento, son tres, y en eso se prende un regador cercano y un perro se acerca al estanque a tomar agua. 

Varios pajaritos se acercan a nuestra mesa, se posan en las ramas de un árbol añoso que despliega sus ramas encima de nuestras cabezas. 

Solo me perturba un hombre, a cierta distancia, que le habla a su celular -graba un mensaje interminable-. Pero por suerte pide la cuenta. Mi hija toma un pedazo de pan, abre su mano y un pajarito, que estaba posado en una rama, toma la ofrenda. Nunca hice algo así que recuerde, digo. Y el pajarito vuelve a la mano de mi hija.

La domanda

La Domanda”, una antigua hostería de la zona se llama el lugar a donde vinimos por recomendación del matrimonio que nos aloja en el complejo de cabañas. Solo debimos tomar la ruta, pasar por dos o tres casas construidas sobre las pendientes, ver las montañas a lo lejos y bajar un trecho. El lugar es más abierto que el sitio donde estamos; los árboles están más desperdigados.

La hostería, una casa de los años cuarenta, tiene una estética helvética con detalles más rústicos. Ostenta una pileta que mira a las montañas donde encontramos a varios huéspedes con los pies en el agua. No se tiran porque está más bien fresco. En el camino que baja hacia el río, un padre y varios preadolescentes nos saludan sin muchas ganas. Más abajo, encontramos un río contenido por un dique de piedras. Al costado, sobre un pasto bien cortado, un grupo de gente mayor conversa. Nos vamos más allá del paredón de piedras a escuchar el agua filtrándose por las rocas, justo donde se forma un estanque. Cuento: seis carpas japonesas. Dos de color naranja, una blanca; el resto son negras. Intento meditar; mi pareja lee. 

Los pensamientos me invaden, solo por momentos logro concentrarme en el ruido del agua. En un momento, vienen los ancianos a tomarse una foto al paredón. Hablan alto, parecen contentos. Cuando ellos se van, mi pareja dice que quiere subir hasta la hostería y me quedo solo con un border collie acostado a mi lado. No hace mucho por acercarse a donde estoy y yo tampoco lo busco. Solo el silencio es cortado cada tanto por el canto de los pájaros.

Un día cualquiera

Me desperté a media mañana y me fui a escribir en el cuarto de atrás. El objetivo era no escuchar el tráfico (mucho más atronador desde que ...