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domingo, 29 de marzo de 2026

Tipo de vida

 El día prometía ser de sol pero está más bien nublado. Después del desayuno me resuelvo a pintar un poco. No avanzo mucho con la pintura, pienso mientras acomodo una tela. Supongo que porque no tengo ánimo para trabajar de un modo sistemático. 

Cerca de las tres salimos a caminar y luego a la playa. El bosque y sus caminos. Eso me entusiasma. En la playa, desde el médano, sentimos el alboroto de la gente sobre la orilla. Perros, vendedores ambulantes, chicos que juegan. Elegimos un lugar cerca del mar. Ni bien pongo mi silla, siento el viento agradable. El mar, por lo que veo en la reacción de la gente, tiene agua vivas. Cuando me meto lo corroboro y opto por nadar con precaución. Tanta que pronto desisto. Me quedo un poco más cerca de la orilla. Quiero recibir el embate de las olas (ya menos intensas después de un recorrido). 

El agua tiene hoy un color marrón. No así más atrás, después de la rompiente. Cuando salgo del agua charlamos un poco con mi pareja. Hay bastante gente alrededor y eso me distrae a la hora de contemplar el mar. Por eso me fijo en las olas a lo lejos. Pero me cuesta abstraerme de la gente que pasa por la orilla. Me pregunto cómo sería si pudiera abstraerme de mis pensamientos y lograr una concentración serena, limpia. El mar y la continuidad de sus olas hasta lograr el desapego que tiene el viento cuando toca mi cara.

jueves, 26 de marzo de 2026

Noche de verano

 Sueños intensos. Creo entender después de tantos años, decenas de años, que mi mayor temor, con viene del hecho que mi pareja repita la historia de mi madre. Yo pensé que ella me quería, mi madre, pero luego descubrí que su amor era lábil, intermitente, impredecible, y sobre todo que su cuerpo estaba atrapado en sus deseos. 

Me despierto. Quiero fijar esta comprensión que me llevó décadas alcanzar. Pero las imágenes se pierden. Prendo la luz. Tomo un poco de limón con agua y miro por la ventana. Amanece cuando bajo al living y busco el reloj: seis y cinco de la mañana. Decido que lo mejor es leer un libro de ensayos de Cootzee. Me pierdo en la vida de un poeta que luchó contra el apartheid y contra sus rigideces sin mayor éxito y por fin me duermo. 

A partir de entonces, los sueños otra vez me agarran. Estoy de nuevo en el vaivén de un barco. Las olas bajan, suben, no paran. 

martes, 24 de marzo de 2026

Terminal del ómnibus

 Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me siento. Las sillas tienen un diseño que me da mucho placer en la espalda. Son de hierro y tienen el calce justo para que las contracturas se compongan en su estructura. Son rojas.  

Enfrente un joven y su madre charlan con un tono dulce, cansino y relajado. Me gusta estar cerca de ellos. Los anuncios se reiteran. Hay muchos arribos y salidas en ese lugar. La cantidad de anuncios terminan por confundirme. No estoy seguro si ya arribó el ómnibus de mi pareja y en eso estoy cuando la veo pasar junto a mí. Le chiflo y se vuelve. Nos sentamos a terminar el agua. No nos hemos visto por dos días. 

Pago el estacionamiento y salimos en busca de un restaurante. Nos resolvemos por probar en un clásico del lugar. Mundo hobbit. Un lugar inspirado en Tolkien bastante concurrido, pero hay mesa, me informa mi pareja ni bien se baja a averiguar. Una vez que salgo del auto, me topo con el cuidador de coches. Buenas noches, ¿cómo anda? pregunto. Me responde: De diez casi para once. Ojalá algún día llegue a tanto..., le digo y me toma del brazo de un modo cariñoso sonriéndome. 

domingo, 22 de marzo de 2026

El mar a las siete

Voy al mar a las siete de la tarde como hice el día de ayer. Mucha gente baja el médano con sus sillas y sombrillas. Se retiran. Como ayer, un hombre de mi edad está sentado en un costado a la izquierda. Elijo esa zona, dejo mi silla y me meto en el agua. Está tibia. Juego con las olas en un intento por creer que soy un delfín o una foca como en mi infancia. Pero la magia ha desaparecido. De todas maneras, nado contra la corriente en el canal que se hizo cerca de la orilla. Hago pie si quiero. Luego viene un banco de arena y más atrás rompen las olas. 

Hay algunas aguavivas pequeñas; me arden algunas zonas del cuerpo, pero no demasiado. Sigo con el nado. Me gusta saber que relajado avanzo casi nada. Hay un joven cerca mío en el agua. Quiero esperar a salir del agua luego que él salga. Me gusta pensar que soy el último. Pero el hombre no sale incluso cuando el sol se oculta detrás de los médanos. El frío empieza a arreciar. Salgo. Me seco con una gran toalla. Miro dos mujeres y una niña que se sacan fotos en la orilla a lo lejos. La madre no deja de apuntar su celular a ella mientras varía las poses provocadoras. No distingo bien su expresión a la distancia. 

Como ayer la luna está casi llena. El hombre de mi edad permanece todavía en una reposera detrás mío. Mira el mar como yo. Me gustaría estar del todo solo. Como otras veces  intento concentrarme en el ruido de las olas, pero mi cabeza quiere divagar. Siento una respiración acelerada incluso cuando lo intento. Desisto. Dejo que las ideas pasen por el paisaje. Por fin el hombre alza sus cosas. A los pocos minutos lo imito. 

sábado, 21 de marzo de 2026

En el sueño

 Una noche y su silencio y más allá el mar aficionado a su viento. Se fueron todos. Solo quedan los recuerdos de los cuerpos sobre la arena de pie, acostados, vestidos apenas, jovenes y viejos en el agua. No sé dónde se han ido las gaviotas. Quedan las estrellas y la luna casi llena. Se refleja, tal como quería, en el agua. Recuerdo casi nada del pasado, pienso siempre. Por eso anoto. Quisiera también registrar mis sensaciones, y sobre todo esas intuiciones, que no llegan a ser ideas, pero captan más de lo que podría poner en palabras. Hablo de imágenes que no tienen traducción para otros y que explicarlas les haría perder la gracia. Estaba en un colegio en mitad de un plaza en un sueño reciente. Desde la ventana del aula veía las ramas de unos eucaliptos moverse apenas. Nada perturbaba la forma que me frotaba contra el delantal de una maestra, apoyada en un banco, mientras pegaba las notas en una pared. El guardapolvo era azul. Lo recuerdo bien. Más vaga es la sensación de tocar su cuerpo. Pero lo estaba tocando y era increíble. Su cuerpo tenia un peso, una forma que me daba mucho placer. Creía que nunca pero nunca iba a pasar. Pero en el sueño sucedía. 



viernes, 20 de marzo de 2026

Ocean Allure

 En la playa, cosa extraña para este lugar del caribe. hay viento y amaneció fresco. Me despierto a las ocho de la mañana debido a la puerta del cuarto cerrándose. Salió mi pareja. En el balcón, veo en la playa a una persona trotando. La luz todavía no ocupó del todo la escena que cierran las nubes en el horizonte mientras sale el sol. Al rato, decido salir a caminar. Quiero sentir que aprovecho un poco mejor la mañana -cosa que en general me cuesta-. En la playa, que tiene bastante sargazo, un tractor se encarga de rastrillar. En el hotel del al lado veo gente echada en las reposaras. Una familia argentina, por lo que escucho. 

Nadie en el mar. La bahía termina y pego la vuelta. En mi hotel, dado que hay un cartel que dice con bandera roja, le pregunto al bañero si me puedo bañar. Me dice que sí, pero sin traspasar unas sogas con boyas ubicadas a metros de la costa. El agua no está muy limpia. El sargazo por instantes roza mi cuerpo. Trato de nadar un poco, de sentir el placer de flotar. Pero el sargazo y la marejada me cansan. 

Voy a ducharme antes de ingresar al espacio donde empieza la zona de las piletas donde un hombre trabajando con un amoladora corta unas baldosas. Le comento que está fresco el día. Asiente. Es respetuoso, pero al mismo tiempo desenvuelto y calmo. Busco a mi pareja en los salones donde se sirve el desayuno, pero no la encuentro. Tampoco la veo en el gimnasio. Por fin, vuelvo a la playa y la descubro donde termina una pasarela de tablas, justo antes de donde empieza la arena. Me sonríe. 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Playa Mujeres

 Me echo en la playa escuchando a dos parejas que hablan una idioma parecido al ruso. El tono me parece torpe; estruendoso. Se sacan fotos en la orilla. Una tras otra, sin descanso; luego continúan en sus reposeras usando esas voces altisonantes. La mujer que más alto habla -morocha- tiene un atuendo que parece el de una odalisca. Corpiño y pantalones amplios de un azul eléctrico. Me alejo al mar. En el mar sigue el sargazo. Intento disfrutar, pero no logro más que hacerlo contados instantes. Me molesta un poco un oído -por haber nadado en la pileta el día anterior, al parecer-; eso no ayuda. 

Opto por sugerirle a mi pareja e hija ir a almorzar en un restaurante que tiene  un sistema de lunch que funciona bastante bien por su variedad. Salgo a comer afuera y disfruto la tranquilidad de haber evitado el interior donde un grupo de unos veinte canadienses hablaban excitados. 

Se larga a llover y el sonido del agua se mezcla con un música agradable en los parlantes -pequeños- en el techo del restaurante. En una de las piletas, hay más parlantes con otra música. Unos animadores se empeñan en hacer bailar a un grupo de canadienses. Nos ponemos a conversar con el mozo; quien ante mis reparos respecto del volumen de la música me dice que la gente en general pide más alegría, más ritmo. Me limito a sonreír.

lunes, 16 de marzo de 2026

Alegría

Ahora en mi hotel hay una fiesta y ayer también hubo una fiesta de unos canadienses. A su vez, en el hotel que está a unos, calculo, trescientos metros siguiendo por la playa hay dos cantantes -hombre y mujer- que hacen cantar al público. Me dieron pocas ganas de continuar en el jacuzzi no obstante el agua caliente, la espuma, las estrellas y el ruido del mar golpeando las olas. 

Más temprano, conversé con un mozo de nombre Roberto, incluso tal vez más amable que otros mozos. Le comenté que el hotel tiene un tema sonoro molesto. Hay varios parlantes en el espacio principal de las piletas que se superponen -la música ambiental de los distintos parlantes choca con otros más grandes que ponen junto a la pileta para eventos en donde procuran divertir a las huéspedes con bailes desde afuera de la pileta que ellos deben realizar dentro-. Roberto me contestó que justamente, por lo que ha escuchado, la clientela lo que ha pedido es que eleven el nivel de eventos o fiestas dado que falta más "alegría". 

Anoche pude ver ese tipo de euforia de cerca cuando fuimos a comer con mi pareja e hija a un restaurante que se define como de cocina francesa dentro del hotel. La fiesta organizada para los canadienses tenía lugar en el gran espacio donde están las distintas piletas. Había una pantalla gigante que mostraba escenas animadas con una estética pop de los ochenta. Los hombres vestían camisas hawaianas y las mujeres de vestidos largos. La gente parecía contenta en las mesas y en la pista de baile. Mi hija quiso filmar el baile de un muñeco amarillo, simple en su composición, que bailaba en la pantalla. Por un momento, su risa me hizo reír. 

domingo, 15 de marzo de 2026

Restaurante italiano

Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay comensales cerca en nuestro restaurante. Pero sí los hay en el restaurante contiguo -cocina mexicana- donde un grupo se ríe a carcajadas. Alzan los vasos de tequila. Calculo que no falta mucho para que se retiren. Para los norteamericanos es tarde. Diez de la noche. El mozo es atento. Nos cuenta que vive en Cancún desde hace treinta años. Es chófer de Uber por las noches. Hablo de las dificultades que existen para acceder a las playas públicas a lo largo de la Riviera Maya, un tema que me obsesiona por la injusticia que entraña. Hasta ahora todos me dan la razón, pero toman el tema de un modo abnegado. 

La entrada una burrata. Buena. Pequeña la porción, eso sí. Los norteamericanos se van por fin, los diviso a lo lejos. Pruebo unas pastas y también un salmón que ha pedido mi pareja. Mi hija se limita a pedir una sopa de tomate y repite la porción. Volvemos a charlar con el mozo. Nos cuenta cuáles son buenos postres y acierta. También habla de los problemas derivados de la venta de drogas en la zonas turísticas. Habla con una alegría especial, cierta diversión. También disfruto. 

Por fin, le consulto en qué material está hecha una escultura que veo dentro del restaurante-una mujer acostada que emerge en estilo clásico de la misma roca-. Me dice que en fibra de vidrio. Creo que está equivocado, pero no digo nada. 


sábado, 14 de marzo de 2026

Caleta tankah 3

 


Seguimos por la playa impactados por la cantidad de objetos de plástico que trae el mar. Hablamos de eso y también de nuestros plantes para el año que sigue. Por un momento, nos sentamos en el medio de la playa rodeados de un sargazo seco esparcido cada tanto. También de objetos cortados de plástico -tapas, restos de botellas, cucharas-. Enfrente, el mar se repite en sus olas. Me fijo en el horizonte: ni un barco. Alrededor, unos lugareños con sus redes. Los pasamos hace un par de kilómetros. 

Al volver, con mis hijos nadamos en el cenote pequeño que tiene el lugar. Por momentos, hablamos acerca de la actualidad de varios equipos de futbol. Junto a nosotros, unos mexicanos disfrutan del agua. Una niña de rasgos indigenas me resulta particularmente tierna. Aunque tal vez la palabra no sea tierna sino representativa de cierta ingenuidad y al mismo tiempo, en lo que a mí respecta, de cierta distancia. 

Vamos con mi hija y su novio a caminar para el lado derecho de la playa. Cuando pasamos la caleta, veo que el montículo de piedras que hice días atrás está caído. Lo mismo el que alguien había hecho  antes a un costado -aunque este último tiene todavía tres o cuatro piedras apiladas en la base. 

Más tarde, jugamos todos al futbol. Primero me siento torpe con la pelota y luego hago un gol desde cierta distancia. 

Nos piden que dejemos la playa; el complejo están cerrando. De todas formas, tengo tiempo para sacarle una foto a una nube que se ve al final de la bahía. Una pirámide casi perfecta. La cima es más blanca que la base. 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Playa paraíso

 Vamos a la playa cerca de las dos y media de la tarde. Nos ha detenido el hecho que no haya luz en nuestra casa. Mi hija se ocupa del tema, nosotros intentamos ayudarla a la distancia porque ocurre algo extraño: nuestro departamento es el único del edificio que no tiene luz. Las llaves térmicas están en su sitio, así que llamamos a la empresa de electricidad y dicen que un técnico concurrirá, pero recién a las veinte y treinta. El parque nacional donde está la playa que elegimos visitar tiene vedado el ingreso de los autos a menos que uno tenga una reserva. Dejamos el auto a pocas cuadras en una calle que tiene una barrera. Un hombre, con buenos modos, nos informa que debemos pagar trescientos pesos por estacionar. Le digo que el día anterior, a pocas cuadras, pagué cien. Termino acordando el ingreso por doscientos. Luego de bajar de la camioneta nos dirigimos al ingreso al parque, que es gratuito, pero hay que demostrar que no se ingresa con botellas de plástico o comida. Comienza así una caminata. El sol se hace sentir. Por un momento, nos vamos del lado de la sombra, pero volvemos a la senda peatonal cuando verificamos que los autos pasan demasiado cerca nuestro. Un cartel indica mirador. Tomamos por el sendero que se vislumbra entre unas plantas. Unos metros y el mar. Lo observamos desde unas rocas que tienen algo de la impronta de unas ruinas. Quisiera poner una escultura antiquísima sobre ellas. Una cabeza Olmeca que no está. Está ausente pero mi cabeza la pide. Anoto en ella: crear una obra en donde se perciba algo sin que el objeto aparezca. Qué cosa difícil. 

sábado, 7 de marzo de 2026

Sector Privilege

 Llegada al hotel Ocean Allure. Piden bastantes datos en la entrada al conductor de la camioneta que nos transporta. Ni bien bajamos, nos dan un toalla perfumada para la cara y nos reciben en la recepción con suma cordialidad. Al empleado le pido por favor una habitación silenciosa. Pero me da una en un primer piso expuesta a los ruidos de la pileta -donde vociferan bastante los canadienses y norteamericanos que pueblan el hotel-. Para peor, tal como lo preveía, hay una serie de parlantes en una cantidad no muy grande de metros. Me voy a almorzar tardíamente a las cinco de la tarde. Luego pediré un cambio de habitación. No hay inconvenientes con eso, me dicen en la recepción. Por fin me dan otra habitación, pero tiene una valija y una mochila junto a la cama y la televisión encendida. Con mi pareja salimos a informar ese detalle. El empleado, desconcertado, nos pide media hora para ordenar el tema. Mejor ir a la playa a caminar y luego volveremos por la solución.

Pero cuando regresamos el empleado ya no está y nos atiende una mujer en cuyo cartel en la blusa leo: Jennifer y es muy amable. Nos han dado una habitación en un piso alto -tal como pedí-, al contrafrente para evitar los ruidos molestos y con vista al mar. Un sector denominado "Privilege", sin que en realidad sea propiamente nuestro lugar por la tarifa que hemos pagado. Luego nos indica que si bien vamos a habitar un cuarto del sector "Privilege" no vamos a poder acceder a los servicios que tiene ese sector, piletas y demás yerbas. No hay problema, se me ocurre decir y sonrío. 

jueves, 5 de marzo de 2026

Salida de Tulum

Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremadamente educado y reposado al hablar. Sus modos son certeros. El tiempo, para él, no parece ser un problema.

Accede de buen modo a parar en un supermercado para que compremos una valija dado que hemos adquirido demasiadas cosas en el viaje. En la caja del supermercado, algo extraño ocurre: mi pareja tiene un modo un tanto brusco con otro cliente porque ha apoyado su botella muy cerca de nuestra valija. Ese detalle, y el hecho de que la cajera no aceptara el billete de cien dólares que le dio —tenía una marca insignificante—, le provocaron ese infrecuente nerviosismo.

Seguimos viaje. El trayecto hasta un lugar llamado Playa Mujeres, al norte de Cancún. La visión de la ruta, me confirma una impresión que ya había tenido en el viaje de ida, hace más de tres semanas: esta zona, llamada Riviera Maya, ha crecido a un ritmo ampuloso, persistente. Los espacios de selva son cada vez menores y en su lugar se ven grandes hoteles y barrios cerrados.

Cuando paramos cerca de Cancún para que mi hija pueda ir al baño, en una estación de servicio, unos hombres, en una camioneta, se estacionan a mi lado. Parado junto a la nuestra, esperando a mi pareja y a mi hija, noto que varios hombres viajan adelante y otros en la caja de la camioneta. Vienen a comer unos sándwiches que venden en un local pequeño, al lado de la cafetería y se los ve jocosos. Comentan cosas y se ríen a carcajadas. No parece tener sentido la proporción entre sus risas y la insignificancia de los comentarios. Se ríen varias veces, a toda gana.


Golden retriever

Un perro que ladra de manera insistente. El perro de un vecino. De hecho, según corroboro, ladra en la puerta de mi casa. No lo he visto en ...