Vamos a la playa cerca de las dos y media de la tarde. Nos ha detenido el hecho que no haya luz en nuestra casa. Mi hija se ocupa del tema, nosotros intentamos ayudarla a la distancia porque ocurre algo extraño: nuestro departamento es el único del edificio que no tiene luz. Las llaves térmicas están en su sitio, así que llamamos a la empresa de electricidad y dicen que un técnico concurrirá, pero recién a las veinte y treinta. El parque nacional donde está la playa que elegimos visitar tiene vedado el ingreso de los autos a menos que uno tenga una reserva. Dejamos el auto a pocas cuadras en una calle que tiene una barrera. Un hombre, con buenos modos, nos informa que debemos pagar trescientos pesos por estacionar. Le digo que el día anterior, a pocas cuadras, pagué cien. Termino acordando el ingreso por doscientos. Luego de bajar de la camioneta nos dirigimos al ingreso al parque, que es gratuito, pero hay que demostrar que no se ingresa con botellas de plástico o comida. Comienza así una caminata. El sol se hace sentir. Por un momento, nos vamos del lado de la sombra, pero volvemos a la senda peatonal cuando verificamos que los autos pasan demasiado cerca nuestro. Un cartel indica mirador. Tomamos por el sendero que se vislumbra entre unas plantas. Unos metros y el mar. Lo observamos desde unas rocas que tienen algo de la impronta de unas ruinas. Quisiera poner una escultura antiquísima sobre ellas. Una cabeza Olmeca que no está. Está ausente pero mi cabeza la pide. Anoto en ella: crear una obra en donde se perciba algo sin que el objeto aparezca. Qué cosa difícil.
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miércoles, 11 de marzo de 2026
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