Llegada al hotel Ocean Allure. Piden bastantes datos en la entrada al conductor de la camioneta que nos transporta. Ni bien bajamos, nos dan un toalla perfumada para la cara y nos reciben en la recepción con suma cordialidad. Al empleado le pido por favor una habitación silenciosa. Pero me da una en un primer piso expuesta a los ruidos de la pileta -donde vociferan bastante los canadienses y norteamericanos que pueblan el hotel-. Para peor, tal como lo preveía, hay una serie de parlantes en una cantidad no muy grande de metros. Me voy a almorzar tardíamente a las cinco de la tarde. Luego pediré un cambio de habitación. No hay inconvenientes con eso, me dicen en la recepción. Por fin me dan otra habitación, pero tiene una valija y una mochila junto a la cama y la televisión encendida. Con mi pareja salimos a informar ese detalle. El empleado, desconcertado, nos pide media hora para ordenar el tema. Mejor ir a la playa a caminar y luego volveremos por la solución.
Pero cuando regresamos el empleado ya no está y nos atiende una mujer en cuyo cartel en la blusa leo: Jennifer y es muy amable. Nos han dado una habitación en un piso alto -tal como pedí-, al contrafrente para evitar los ruidos molestos y con vista al mar. Un sector denominado "Privilege", sin que en realidad sea propiamente nuestro lugar por la tarifa que hemos pagado. Luego nos indica que si bien vamos a habitar un cuarto del sector "Privilege" no vamos a poder acceder a los servicios que tiene ese sector, piletas y demás yerbas. No hay problema, se me ocurre decir y sonrío.
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