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domingo, 22 de marzo de 2026

El mar a las siete

Voy al mar a las siete de la tarde como hice el día de ayer. Mucha gente baja el médano con sus sillas y sombrillas. Se retiran. Como ayer, un hombre de mi edad está sentado en un costado a la izquierda. Elijo esa zona, dejo mi silla y me meto en el agua. Está tibia. Juego con las olas en un intento por creer que soy un delfín o una foca como en mi infancia. Pero la magia ha desaparecido. De todas maneras, nado contra la corriente en el canal que se hizo cerca de la orilla. Hago pie si quiero. Luego viene un banco de arena y más atrás rompen las olas. 

Hay algunas aguavivas pequeñas; me arden algunas zonas del cuerpo, pero no demasiado. Sigo con el nado. Me gusta saber que relajado avanzo casi nada. Hay un joven cerca mío en el agua. Quiero esperar a salir del agua luego que él salga. Me gusta pensar que soy el último. Pero el hombre no sale incluso cuando el sol se oculta detrás de los médanos. El frío empieza a arreciar. Salgo. Me seco con una gran toalla. Miro dos mujeres y una niña que se sacan fotos en la orilla a lo lejos. La madre no deja de apuntar su celular a ella mientras varía las poses provocadoras. No distingo bien su expresión a la distancia. 

Como ayer la luna está casi llena. El hombre de mi edad permanece todavía en una reposera detrás mío. Mira el mar como yo. Me gustaría estar del todo solo. Como otras veces  intento concentrarme en el ruido de las olas, pero mi cabeza quiere divagar. Siento una respiración acelerada incluso cuando lo intento. Desisto. Dejo que las ideas pasen por el paisaje. Por fin el hombre alza sus cosas. A los pocos minutos lo imito. 

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