Nadaba pensando que vivo abrumado por los sentimientos, por los pensamientos, por todo tipo de sonidos externos, y en particular por los ladridos de los perros y las voces altisonantes. También atento a sumergir un poco más la cabeza y a estirar un poco más los brazos -eso me había sugerido más temprano mi cuñado-. Afuera, por instantes, escuchaba el canto de los pájaros. El sol bajaba casi hasta hasta las copas de unos árboles muy a la distancia. Paré en el borde de la parte más profunda de la pileta y divisé de espalda, paradas de charla, a dos mujeres con un hombre. Más allá, tres niños, de apenas dos años, jugaban con una pelota de goma pequeña de un naranja estridente. Me parecieron increíblemente atractivas. Firmes, paradas de un modo que transmitía una certeza sobre sí mismas que, en sus vidas, a medida que envejecieran, sería insuperable. Jovenes madres que me recordaron a mujeres de mi juventud deseadas a la distancia. Luego, cuando se retiraban, más cerco mío, de nuevo parado en el borde, pude detenerme en la belleza de sus piernas. ¿Las soñaré? Hoy cumplo cincuenta y tres años.
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jueves, 14 de mayo de 2026
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