Cumpleaños de mi pareja. Nos levantamos y, más rápido de lo que me gustaría, salimos con nuestros hijos a desayunar. El lugar nos gusta en especial. Una esquina a una cuadra de la playa que tiene un patio que mira a las calles, estanque, árboles y plantas. Música baja, relajada. Mozas amables. La encargada también. El desayuno: bien servido, abundante.
Luego la playa. Para eso hemos traído las sillas que guardamos en el baúl del auto. Subimos el médano y encaramos para la izquierda en busca de un espacio de arena cerca de la orilla, lo más alejado de otras personas. Nos instalamos, pero surgen los incordios. Un grupo de tres hombres han ido al agua y, en la orilla, se ha quedado un perro -un bull terrier-. Una mujer lo llama con insistencia, a los gritos, y el perro como si nada. Mi pareja termina por gritar: Mové las piernitas.. y la mujer -cirugía en los pechos, glúteos y por lo que veo también en la cara- opta por acostarse boca bajo y no hacerse cargo. Por fin, sale el dueño del agua -un joven corpulento con un corte que combina un rapado encima de una oreja con el pelo largo y teñido de rubio-, el perro se echa con el dueño en la arena. Lo miro bien. El animal es dócil -más allá de su aspecto-.
Lo que no funciona, me informa mi pareja de regreso de hablar con el bañero, es la idea de que alguien le diga a ese grupo que no pueden estar con ese perro suelto.
Salimos a caminar. Día de sol con la temperatura ideal. Veinticinco grados. No hay viento. Hablamos de temas de trabajo dado que todavía estoy absorbido por esas temáticas. De vuelta, me meto al mar. Nado. Las olas, medianas, llegan rotas a mi cuerpo. Nado crawl hacia un costado y luego otro. No hay motivos para estar mal, me digo.
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