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sábado, 23 de mayo de 2026

La paja del trigo 3

Ocho y cinco, cuando salí del taller, saludé al encargado de la galería, que cierra a las ocho (esta vez fue de las pocas que me demoré un poco porque nuestro vínculo puede soportar eso). Caminé hasta el supermercado donde compré lo necesario para un asado que pienso hacer este domingo por mi cumpleaños Cincuenta y tres años. Es como había escuchado. Uno envejece sin entender que el tiempo pase tan rápido. El cuerpo no representa la juventud que permanece (tal vez por la inmadurez).

De regreso a mi casa decidí no salir para el lugar del fin de semana. Mi pareja no tenía muchas ganas. Mejor, me dije, aprovechar el espacio del taller mañana. Cené con ella y luego tuve que soportar unos jóvenes vecinos en una terraza cercana y me fui a dormir con ese incordio. Casi cuatro horas después me desperté abrumado. Acá me encuentro. La ciudad a mi alrededor en modo bastante silencioso. El cartel luminoso de IBM a lo lejos. Un avión pasa. Un sonido lejano que me calma. Más lejos está el río y eso también me trae felicidad. Veo la calle que baja. Nadie a pie. Unos pocos autos pasan por la avenida. Una escena que he visto muchas veces muchas noches en busca siempre de la misma paz. Ahora la convoco y ella aparece tenue, por un instante. Quisiera prolongar esos atisbos tan dispares. 

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