Una semana por delante. Diez y veinte de la mañana. Lunes de lluvia, serena, sin pausa. He vuelto de mis vacaciones de Semana Santa en San Martín de los Andes con mi hijo. Fue una semana diferente de tantas otras que transcurren en la oficina, entre expedientes, trámites y procesos que me han formateado para ver la vida como una meta que debo alcanzar y que, una vez alcanzada, no representa más que un peldaño desde donde apenas puedo respirar unos instantes, a veces minutos, antes de seguir.
Durante el viaje, mi hijo me explicó con sumo detalle el placer que siente cada vez que va a jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana. Me dijo que ese instante enciende su semana. Yo no tengo nada igual.
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