Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a buscar sus cenizas, pero no he tenido fuerzas para hacerlo).
El agua estaba fría. Había salido de mi casa perturbado por el estruendo de la música de un vecino. Pero en el club también había música. Olimpiadas para jóvenes; la consigna. Sobre el final de la tarde, para colmo, se reunieron todos en las inmediaciones de la pileta para seguir con la música y con los comentarios de un locutor que hablaba sobre los eventos con una voz monótona. Solo casi al anochecer se fueron. Entonces, salí del agua, miré un poco los álamos carolinos y caminé descalzo por el pasto. Un zorzal saltaba a pocos metros. Me miró y se fue.
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