Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba mi padre en el estudio esperando a mi hijo para enseñarle un poco del trabajo. Pero eso no fue todo. Hay un colega, al cual le hice un trámite, y no me había pagado, que apareció y me dijo que me iba a pagar la primera cuota de su deuda. Así que fui con mi padre -que justo salía de la oficina- hasta la esquina y nos encontramos con este señor, y a ese señor, de buen modo, le expliqué que mi padre me acababa de decir que después de cincuenta y cuatro años se retiraba de la profesión. Ese retiro, expresado a ese hombre, me pareció que para mi padre tuvo el sentido de un alivio. Cuando lo despedimos, mi padre tuvo el lindo gesto de decirme que me quería ayudar a comprar la parte de la oficina que pertenece a un hombre que está retirado y me la alquila desde hace unos años. Le dije que no es necesario y él me dijo que quería hacerlo. A nuestro lado, estaba el enorme palacio de tribunales. Cruzamos al calle y, por esas cosas que tengo, volví apresurado al estudio antes de que se fuera una empleada con la quería repasar un par de temas. Mi padre siguió su camino a su casa.
Más tarde, con mi hijo -que había permanecido en la oficina trabajando- fuimos hasta el pequeño restaurante en donde almuerzo casi siempre. El dueño estaba cerrando. Dijo no tener más platos que ofrecernos. Mi hijo me dijo que entonces prefería volver a nuestra casa, cosa que hizo y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Lo vi trotar un poco cuando cruzó la calle en busca de ese vehículo.
Volví a mi oficina donde trabajé por varias horas. En el interín, recibí el llamado de un abogado que trabaja conmigo, quien explicó con pesar que había cometido un error considerable en un juicio, cosa que me alarmó bastante, pero pude arbitrar bastante bien el inconveniente y seguí con mis tareas hasta que cerca de las seis de la tarde salí a la calle.
Al portero, y a un hombre que suele estar en la puerta de mi oficina y junta papeles y cartones, le dije que era un día maravilloso -porque lo era-. Sol y tibieza por el espacio cercano. También les comenté que eran unos afortunados de estar en esa vereda. Sonrieron y me fui.
Pasadas las seis de la tarde pasé por la librería artística de otra persona amiga, quien me tenía reservado un lienzo de un metro setenta y seis de ancho por un metro sesenta de alto. Será la primera vez que pinte una tela tan grande.
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