Fui despertado por una amoladora que usaba un hombre en la casa de atrás. El día era de sol, todavía tibio a pesar del comienzo del otoño en esta región. Me limité a descansar en la cama hasta que, cerca del mediodía, salimos con cierto retraso para Villa Traful.
Antes dudé si dejar mi computadora y celular principal escondidos debajo de la cama o con llave en mi valija dado que, por lo tarde, según me había informado la responsable de la casa, iba a concurrir el fumigador a enfrentar el olor a podrido que sale de la cocina.
La duda fue el comienzo de mis vaivenes porque, apenas salimos, sin que pudiera evitarlo, me preocupé por la seguridad de mi computadora y el celular. Debería haber puesto esos objetos debajo de la cama y no en la valija con llave, me decía. Pero traté de olvidarme del asunto para disfrutar de la subida que franquea el lago. A nuestra derecha, estaba una montaña a la salida del pueblo, como llaman los habitantes del lugar a San Martín de los Andes. Pero como el tema continuaba le consulté a mi hijo. No tiene sentido preocuparte, me respondió. Además, constaté, las cartas estaban echadas: no había red de celular por la ruta. Por lo pronto, decidí no alejarme (Villa Traful queda a más de dos horas de viaje) y doblé al ver un cartel que decía: "Villa Meliquina 14 km" al tiempo que le pedía perdón a mi hijo. Quería preguntarle a la dueña si iba a estar cuando concurra el fumigador a la casa y si es de confianza.
El camino bordea un lago donde el agua azul intensa, entre los troncos erguidos de árboles centenarios, reluce, inmensa, muda, misteriosa. Ingresando en la villa, vimos a un hombre metido hasta la cintura en la playa del lago y nos bajamos. Mi hijo tomó una piedra achatada para hacerla rebotar varias veces en el agua, cosa que solo logró en parte.
El sol tibio iluminaba un lago calmo y no había demasiado viento. Llegamos caminando a un hotel frente al lago. Buenas noticias, ofrece wi fi, dije. Miré un poco, pero no me convenció el lugar. Demasiado nuevo; por eso le sugerí a mi hijo optar por un restaurante enfrente más relajado. Pero, cuando estábamos por cruzar la calle, salió una joven a preguntarnos si necesitábamos algo. ¿Tienen wi fi?, le pregunté. Sí, y es gratis, dijo sonriente. Su amabilidad me empujó a preguntarle a mi hijo: ¿Te parece que nos sentemos a tomar algo?