Un instante, el que miré
a la distancia esa escultura,
mía, gris con franjas marrones
en lo profundo, también calma,
casi perfecta, perteneciente a otro mundo,
a otra vida más bien,
que no estaba en Grecia
-como pensé por un momento-
sino en una isla más remota y desconocida.
Por un instante me dio su cobijo
y se alejó otra vez,
muda, para volver
a ese otro tiempo.
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