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martes, 18 de agosto de 2026

Villa Berna

 Nos levantamos después de dormir bastante. Las margaritas, la multiplicidad de plantas y de árboles, me calman. Mientras desayunamos cerca de la pileta, viene la pareja de la señora que nos recibió el día anterior y nos cuenta de su vida. Hace quince años que se vino con su pareja a vivir al lugar. Nos explica sus primeros años, sus ocupaciones con las plantas. Tuvieron un vivero en la ciudad, luego habla de la idiosincrasia de la gente del lugar. No parece un hombre proclive a indagar en el otro. Le gusta más bien describir su pasión por las plantas. Corre un viento bastante frío, pero él sigue con su relato. Estudió ingeniería y supo armar instrumental médico que luego se ocupó de exportar a Perú. Entonces, entra en su derrotero por ese país. Un socio vivía allá, pero hoy está muerto. Después, nos detalla su gestión como tesorero de la cooperativa del lugar y se detiene en los vínculos de los primeros colonizadores alemanes con los criollos de la zona. Habla con entusiasmo. El viento me enfría y, además, no me deja preguntar lo que deseo; salta de un tema al otro. Por último, ante mi consulta, nos detalla un circuito para caminar por la zona. Lo he escuchado de pijama. Es negro con planetas dibujados. Lo compré en un parque de Disney. Debí haber cortado al hombre antes, pienso. Temo haberme resfriado.

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