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lunes, 28 de septiembre de 2026

Mientras yo estoy vivo

 

Ayer llovió casi todo el día y fui feliz escuchando el agua golpeando el techo de chapa que existe, por suerte, en parte de la casa. Luego fui al gimnasio, apenas pasadas las ocho de la noche, me subí a un aparato que simula un bote a remos y comencé a remar. La televisión estaba un poco alta, pero me concentré lo suficiente en el ruido que generaba la máquina y pude avanzar con las remadas, aunque es cierto que luego, cuando vino el tiempo de las propagandas, la molestia de los ruidos se intensificó. Luego de constatar que las dos personas que estaban también en el gimnasio tenían puesto airPods en sus orejas, decidí levantarme de la máquina para bajar el volumen del televisor. Entonces sí me pude concentrar en las remadas. Mi cabeza seguía yéndose constantemente a imágenes del pasado inconexas y mantenía, como siempre, un pensamiento rumiante que no tiene otro sentido que verificar hasta el hartazgo las causas de cierta angustia difusa y punzante que se podría definir, aunque la definición no será del todo adecuada, como "temor a vivir". El reloj para entonces apenas marcaba las ocho y dieciséis. Faltaba bastante para las ocho y cuarenta y cuatro que, por esas cosas caprichosas que tiene mi cabeza, era el horario indicado por un dictado profundo y extraño que ordena todo en mi cabeza y que es el mismo que no tiene paz ni sosiego mientras yo estoy vivo. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

22 de septiembre del 2026

Hoy fue un día importante. Lo quiero remarcar. 22 de septiembre de 2026. Con mi padre, en la oficina, yendo cada tanto al fondo, contiguo a la cocina, a un ambiente pequeño que oficia de guardado, sacamos al menos una docena de cajas —todas con mucho polvo— que contenían decenas —tal vez incluso un centenar— de carpetas que abarcaban el trabajo de mi abuelo, de mi padre y mío desde la década del 80 hasta unos diez años atrás. Juntamos todo pacientemente, lo apilamos en la mesa de reuniones de la sala donde está la biblioteca principal, y le dijimos a D., el encargado de seguridad que está abajo, en la entrada del edificio, que se le podía dar todo a S., un hombre que extrañamente está todos los días en la vereda del edificio juntando cartones y papeles que entiendo que luego vende de algún modo.
Luego mi padre me acompañó hasta el lugar donde suelo almorzar, pasadas las tres y media de la tarde, me saludó algo cansado, según me pareció, y se fue por la calle peatonal caminando con ese leve cojeo que tiene desde hace por lo menos cuatro años y que significa, en términos médicos, una artritis de cadera.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Día primaveral

Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al trabajo, pero tal vez no sea el trabajo sino una herida profunda y misteriosa que cargo a todos lados y que, por lo tanto, no termina de sanar. No veo un horizonte claro en ese sentido. Solo veo una sabana por donde pasan leonas a paso cansino con sus cachorros. Unos pastizales altos, resecos, se mueven apenas. El cielo tiene un dejo de blanco. Nubes que no terminan de formarse y, sobre todo, un aire sumamente cálido que no termina de prometer un cambio. Detrás de esos pastizales, en el inmenso territorio que se ve poblado de solo árboles ralos, muy de tanto en tanto, uno sabe que se desarrolla un juego de vida y muerte. Hambre, pasión, comida y luego muerte, cadáveres. Eso está claro; lo que no veo claro es por qué esa sabana aparece en mi cabeza y qué me quiere decir al respecto.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La gubia

 Golpear la madera con una gubia, una y otra vez, hasta que ella se va volviendo más cruda, desnuda no me atrevo a decir, pero sí más íntima, eso sí, y ella, cada vez más cobriza, y luego rojiza, va dejando que se abran en ella huellas, apenas perceptibles, que se juntan unas con otras, según el sentido de la veta, y según la línea que tome la herramienta. Y así pasan las horas, mientras el día, de sol, aunque con algunas nubes por aquí y por allá, al fin primaveral, con venteveos que lo despiden, se va.

martes, 22 de septiembre de 2026

Amanece ahora

 Amanece ahora. Acabo de ver el reloj. Seis y doce de la mañana. Calculo que estoy levantado desde las cinco y media.

Anoche, antes de dormirme, quería anotar que ayer, cuando me levanté en la casa de fin de semana, el viento corría fuerte, vertiginoso, y las nubes pasaban; por momentos, dejaban ver el sol, pero apenas, casi nada. En esos instantes, el jardín adquiría un verde intenso —había llovido mucho el día anterior—.

Era el inicio de la primavera y todo parecía en orden. Los días de mi juventud estaban de vuelta. La casa de mi abuela, no lejos del mar; los pinos de su jardín y de todos los lugares cercanos,  se mecían, altos, gracias al viento; y los pájaros, como esa mañana de la que hablo, felices, se posaban en las plantas y bajaban a comer al pasto. Tal como sucedió ayer en mi casa de fin de semana cuando les tiré unas migas de pan. Ellos no tardaron en llegar y me devolvieron mi imagen feliz, cuando respiraba ese aire incipiente, el invierno se alejaba y comenzaba otra temporada.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Kavanagh, se llama

yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio.

Debería pedirle que salga por el ascensor principal. Los últimos días, en especial, me cuesta mucho dormir de corrido —me levanto en la mitad de la noche y no vuelvo a encontrar el sueño hasta dos horas después—, pero también debería gestionar ante el Gobierno de la Ciudad que una alarma para ciegos que hay en un semáforo de la esquina de mi edificio deje de sonar por las noches —un ruido que justamente me perturba cuando me despierto en la mitad de la noche e intento meditar en la oscuridad de mi living, frente al edificio antiguo llamado Estrugamou, que baja la calle en forma perpendicular—.

En esas ocasiones, durante la madrugada, me ponía a escribir, pero en el último tiempo prefiero no saber qué hora es y solo me quedo frente a los grandes ventanales antiguos de mi edificio art déco y miro el cielo, la azotea del edificio antiguo, del otro lado de la calle, o el primer rascacielos de esta ciudad, a lo lejos, detrás de la plaza San Martín. Kavanagh, se llama.

Si veo un avión cruzar el cielo, después de despegar de Aeroparque, significa que son al menos cerca de las cinco de la mañana. Mi antigua referencia —que las luces del supermercado Disco ya se encuentren encendidas— ya no funciona. El establecimiento ha sido cerrado hace más o menos un mes para que, según me ha dicho una vecina, se levante una torre que me ha de privar de la vista directa al Río de la Plata.

Ese supermercado estaba desde que llegué a este departamento hace veintidós años y pertenecía a una gran cadena que sigue en pleno funcionamiento en otros lugares de la ciudad. No he tenido suerte al respecto. Aunque es cierto que también generaba un ir y venir de camiones que lo abastecían, que originaban bocinazos a veces y, en muchas más ocasiones, un molesto sonido de alarma de los vehículos cuando hacían marcha atrás.

También se reunían, por turnos al parecer, dos personas al menos para pedir una limosna o alimentos a la salida. Supongo que venían desde un barrio llamado popular poco distante —un asentamiento antiquísimo en tierras fiscales detrás de la estación central del tren—.

O no sé, en realidad, de dónde venían con exactitud; mi cabeza le suele asignar a ese barrio popular unos efectos que tal vez no sean ciertos.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cierta paz

 Una y otra vez ha intentado, a lo largo de las décadas, no pensar y no ha podido, porque siempre aparece un pensamiento o una imagen. Una sucesión de escenas atraviesa su cabeza incluso durante la noche, en sueños.

Quisiera ser capaz de permanecer mucho tiempo atento a un ruido placentero. Las casi imperceptibles olas que golpean ahora los escalones de hormigón del club náutico en donde está sentado. Ocupa un banco de madera blanco y enfrente está el Río de la Plata, que en realidad se parece más bien a un mar, pero de un color marrón extraño y apasionante.

Hay cuatro mástiles, también blancos, sin banderas, que, gracias al viento, generan un mínimo ruido —también agradable— con sus cuerdas al rozar el metal. Unos patos pasan en dirección al Este y varios chimangos —al menos cuatro, dos y dos— en dirección al Oeste. Los patos han seguido hasta la siguiente península —un espacio con muchos árboles que pertenece a la Ciudad Universitaria—.

Pronto se han perdido muy a la distancia. Los chimangos, en cambio, recalaron en el único árbol de grandes proporciones que se ve en la franja izquierda de la costa, luego del canal.

Pero eso ha sido todo y de nuevo ha vuelto a pensar. Quiere escribir un libro. Tratará, se dice, acerca de las afecciones que toman a los cuerpos. Así dirá con lujo de detalles lo que pasa en su cabeza. Esa sucesión de imágenes y pensamientos que lo tienen maniatado entre temores, fugaces placeres y preocupaciones será retratada. Así alguien podría tomar nota del enorme caudal de tráfico que tiene dentro de su cerebro y tal vez eso produzca algo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El zorzal.

Mañana de sol. Dormí ocho horas, pero con sueños, como siempre, intensos, vertiginosos y, por lo tanto, agotadores. Los pájaros cantan. No tengo problemas evidentes de ningún tipo y, sin embargo, mi sensación emocional no es buena.

Quisiera sentirme tan feliz como ese pájaro, un zorzal, que veo trinar sobre un arbusto frente a la casa. Se esfuerza por sacar de sí todo lo que necesita, se estira, alza su pico y sí, nos vierte un canto monumental, fantástico.

Imposible que sepa el tipo de milagro que realiza.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Otra noche

 Luego de dormir mordiendo el protector bucal toda la noche, como lo hace siempre, se levanta al fin para ir al baño. Ha dormido bien, se puede decir. Más de nueve horas, calcula. Al fin.

Los sueños han sido intensos. Dudaba, en el último, si comprar un libro de poesías clásicas chinas porque su valor era alto —cincuenta dólares— y ya había comprado otro de ese mismo precio. Se decía en el sueño: ¿los iré a leer o será más bien algo aburrido? El detalle de que hubiesen quedado en el tiempo le infundía esperanzas y preguntaba dónde debía pagarlo.

Pero se despertó, fue al baño y, luego de correr las cortinas —en esa época de invierno no bajaba las persianas—, se preguntó por qué se sentía tan mal.

Era viernes. No debía ir a la oficina si no lo deseaba. Podía incluso ir al club junto al río, pero nada de eso lo sacaba de una angustia inmensa que lo abrazaba. Esa era la verdad.

Los últimos días se sentía especialmente de mal humor. No tenía un trabajo que lo entusiasmara. Tampoco el arte parecía conducirlo a ningún lado. Incluso no podía decir que tuviera un lugar, una casa, que amara.

Y había algo en él que no quería para nada: una codicia mezclada con una forma de calcular sus jugadas, sumada a un narcisismo perpetuo, fatuo y, al mismo tiempo, imborrable; llevado a un límite —el vivir pendiente de sí mismo— que le provocaba un malestar aprisionante.

Esa era la verdad.

Debía cambiar, pero no confiaba ya demasiado en poder hacerlo.

¿O sí?

Algo haría, se dijo.

Mirar el río un buen rato, por lo pronto, más tarde.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El limonero

 Este limonero, dice el hombre que cuida mi jardín, necesita protección frente a las heladas que vienen. Y toma una hoja de la planta en sus manos de manera suave, la apoya casi sobre la palma de su mano, y luego me hace ver sus frutos y agrega: Ya tiene limoncitos. ¿Lindo no?, pregunta. 

Luego, me dice: Bueno, sigo, me voy. 

Así vamos. Con un tono jovial, casi el de un niño. Lo miro irse. Calculo que debe tener más de sesenta años. Reparo en su andar. Pasos cortos, rápidos, felices y se sube a una camioneta nueva. Gris oscura. Limpia. Incluso brillante. 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Amanece

 Amanece. Todo un mundo se abre más allá de la ventana que mira a la calle que baja. La primavera está cerca. Un zorzal ha trinado cuando todavía las sombras eran mucho más grandes. Ahora por lo visto ha callado. Nada se mueve. Más temprano, solo el portero que limpia la vereda casi al final de la calle que baja a eso de las cinco y media de la mañana. Antes también un avión dobló en dirección al Río de la Plata. Ahora otra vez un zorzal a Dios gracias. He realizado una serie de ejercicios que me han dado cierto sosiego. Uno mínimo frente a las cuestiones que me acicatean. Y lo más importante: me he dado cuenta que puedo cambiar mis pensamientos. Una escultura hecha por mí en mi casa podría tener una trascendencia bíblica. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Joven madre

 Salí con el tiempo justo de mi oficina porque, como tantas veces, permanezco hasta el último minuto trabajando en pos de una productividad que me dé un sosiego que será pasajero. Cumplir con las cargas del día para poder descansar.

Tomé un taxi que por suerte pasaba por la esquina de mi oficina. Lo primero que hice fue felicitar al taxista por lo nuevo que era el auto. El hombre, algo apocado, sonrió apenas. En el viaje hablamos de las posibilidades que existen hoy en día para obtener el tipo de auto que él manejaba e incluso evaluamos la alternativa de compra de los vehículos chinos nuevos en nuestro mercado.

Mi hijo me llamó cuando cruzaba la Nueve de Julio para ver si estaba llegando. Ya estaba esperándome en la cancha de paddle junto con su amigo y el padre, que es amigo mío.

En la esquina de Alsina y Piedras admiré una iglesia antigua que no conozco; me propuse entrar en ella ni bien pudiera. Ya en la entrada, el hombre de la recepción me dijo que me estaban esperando en el tercer piso. Cuando quise tomar el ascensor, acotó: «No anda», y subí rápido por las escaleras.

Jugué con mi hijo y perdimos de un modo bastante categórico. Los peloteos, no obstante, fueron animados. Esperaba incluso menos de mi hijo, dado que no había jugado más que un par de veces al paddle y pocas veces más al tenis.

La visión de los edificios antiguos de la vereda de enfrente y los costados me sumergió en un ambiente de principios del siglo pasado. Trabajé en el edificio de enfrente hace no menos de veinticinco años, le dije a mi hijo, fijo en las ventanas del edificio donde iba a hacer monótonos controles burocráticos para ganarme un sustento. Recordé entonces cómo cantaba mientras trabajaba. Una mujer un poco más grande que yo me daba a entender de muchas maneras que le gustaba escucharme. Era atractiva, casada, joven madre.

jueves, 10 de septiembre de 2026

La empresa y su arte.

Volver a encontrar el placer de escribir. De registrar un poco lo que me ocurre. Eso quiero lograr. Pero no es fácil. Máxime cuando se está inmerso en la creación de una "empresa". Me levanto en el medio de la noche agobiado por una carga inmensa. Absorto en cada uno de los pagos y de los roces con las personas que trabajan conmigo; fricciones que me irritan y que, lo peor, me alejan de las cosas más significativas de la vida, que me ocurren en el medio: mi padre debería encarar una cirugía para reemplazar su cadera, mi madre debería hacer una consulta con un neurólogo. También en el mientras tanto he tenido un ataque de celos -por llamarlo de alguna manera- que habla de una problemática mucho más profunda que la vinculada a una serie de preocupaciones "laborales" y que ni siquiera en este espacio me animo a tratar -por ahora-. 
Mi cabeza tiene caspa. Otro dato relevante. Quiere decir que hay algo en mi cabeza que está irritado; desea reaccionar. La duda por supuesto es si debo bajar el nivel de exigencias en torno a la "empresa" o si debo persistir hasta que "ella" rinda sus frutos. 
Sé que la dinámica del esfuerzo en pos de una recompensa material no paga. Pero no encuentro nada para hacer -esa es la verdad- significativo con mi tiempo de otro modo. Lo diferente sería ser "artista". Pero el "arte" es un camino mucho más sacrificado que el de la "empresa". Es un terreno minado. Dedicarle los años todavía más "productivos" de mi vida podría ser una jugada de riesgo que no estoy en condiciones de afrontar. No me podría liberar de la necesidad de triunfar en el mundo del "arte", y el triunfo en el mundo del arte, no solo es sumamente difícil sino que seguramente me llevase al mismo lugar que estoy ahora con mi "empresa". La solución entonces sería apartarme de muchas de las ideas de triunfo que tengo en mi cabeza. Una revolución que no logro encarar.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La realidad

Hoy, como tantos domingos, al final, en plena madrugada, después de tantos pero tantos años —creo que casi treinta—, en vez de descansar y sentir al fin la cabeza ligera, inmersa en los resultados del fútbol o en cosas por el estilo, tengo un deseo que me impulsa a crear algo digno, imperecedero.

En la antigüedad, supongo, serían creaciones imprevistas o necesidades religiosas, incluso espirituales. En mi caso, también supongo, la compulsión pretende borrar el hecho de que el tiempo pasa, los hechos se pierden y la memoria no alcanza ni remotamente para evocarlos. Luego viene el fin.

Estuvimos hace un rato en el cumpleaños número ochenta y cinco de mi suegro. Mi suegra, a su lado, casi no gesticulaba. Sus hijas, en especial la mayor, reían de un modo estruendoso. Parte de sus nietas también hablaban a los gritos. Todos parecían especialmente exaltados. Me sentí sumamente ajeno a esa escena. Distante y triste, incluso. Los miraba como desde un bote en el que remaba por un río ancho durante una noche cálida, mientras ellos, a lo lejos, en la orilla, sentados alrededor de una mesa, reían a carcajadas.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Los piletones

 De regreso, en la bajada, mi hijo me intenta explicar dónde quedan lotes libres en el club de campo que vamos los fines de semana. Pero sus referencias me resultan confusas y me ofusco. Percibo con claridad mi ira, una reacción visceral que no tiene fundamento lógico. Me abruma mi incapacidad de retener las referencias que emplea. No obstante, con un éxito relativo, intento matizar ese enojo. 

Una vez que llegamos al auto le digo que conduzca y de nuevo el hecho de que vaya a lo que considero alta velocidad enciende mi ira. Debo otra vez enfrentar el trabajo de contenerla. Por qué debo vivir con esta ira tan lista para aflorar en cualquier minuto no lo entiendo.

Tomamos un camino que tiene a sus costados personas y máquinas trabajando en lo que supongo pronto será un tramo asfaltado. El valle y la ruta corren en forma paralela al río. Luego cuando cruzamos un puente, nos quedamos en la mitad para sacarle fotos a unos álamos que, gracias a sus hojas amarillas, son despampanantes. Pero a lo lejos viene una camioneta y debemos seguir viaje. 

Al llegar a lugar indicado como la cascada y los piletones, bajamos del auto y caminamos un poco entre los pinos. Desde lo alto, contemplamos el paisaje. Un canal formado por rocas en donde el agua avanza. Me fijo en un turquesa mezclado con la espuma y con un azul en las partes más profundas. También hay grandes rocas que se alzan con formas redondeadas. Del otro lado, veo una cuesta muy pronunciada que aloja un caballo con manchas marrones y blancas pastando. Nos preguntamos de quién será; y también de quién será la tierra que vemos todo a lo largo y lo ancho. Se ven cerros más ceca y montañas a lo lejos. 

Un hombre, también con su hijo, aparece desde un costado cerca del lugar donde estamos sentados. Es más viejo que yo y tiene una panza prominente. Cuando parten nos quedamos a mirar cómo viaja ese enorme caudal de agua que envuelve a las rocas, las empapa, las cubre y sigue. Como otras veces mi hijo me pide que sigamos viaje y como otras veces le digo que me deje contemplar el paisaje dos minutos más. 


jueves, 3 de septiembre de 2026

Las cartas

Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.

El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.

La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.

martes, 1 de septiembre de 2026

Ningún peso en los pies

 

31 de agosto de 2026

Once y cuarto de la noche. Perdió uno a cero nuestro equipo una vez más. Mi hijo de veinte años me dijo: “No puedo creer que mañana tenga que ir temprano a la facultad.” A su lado, en el sillón, se me ocurrió pensar fijo en la cara de preocupación de algunos jugadores de nuestro equipo que caminaban hacia el vestuario, “Hasta hace poco era un niño”. Lo vi entonces a mi hijo a la salida del colegio, también caminando, pero viniendo hacia mí sin ningún tipo de peso en sus pies, con la mochila inmensa para su cuerpo en la espalda, que ni siquiera parecía molestarlo, y el pantalón gris que a mí, de chico, me picaba y que él usaba hasta la noche. Nada impedía que a cada paso pareciera que él danzase, apenas contoneándose, o más bien desplegando una gracia que se fijaría en esos años.

César

 César está los domingos detrás de la gran puerta de madera de la entrada de mi edificio, sentado en un sillón art déco verde con un matiz m...