Este limonero, dice el hombre que cuida mi jardín, necesita protección frente a las heladas que vienen. Y toma una hoja de la planta en sus manos de manera suave, la apoya casi sobre la palma de su mano, y luego me hace ver sus frutos y agrega: Ya tiene limoncitos. ¿Lindo no?, pregunta.
Luego, me dice: Bueno, sigo, me voy.
Así vamos. Con un tono jovial, casi el de un niño. Lo miro irse. Calculo que debe tener más de sesenta años. Reparo en su andar. Pasos cortos, rápidos, felices y se sube a una camioneta nueva. Gris oscura. Limpia. Incluso brillante.
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