Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al trabajo, pero tal vez no sea el trabajo sino una herida profunda y misteriosa que cargo a todos lados y que, por lo tanto, no termina de sanar. No veo un horizonte claro en ese sentido. Solo veo una sabana por donde pasan leonas a paso cansino con sus cachorros. Unos pastizales altos, resecos, se mueven apenas. El cielo tiene un dejo de blanco. Nubes que no terminan de formarse y, sobre todo, un aire sumamente cálido que no termina de prometer un cambio. Detrás de esos pastizales, en el inmenso territorio que se ve poblado de solo árboles ralos, muy de tanto en tanto, uno sabe que se desarrolla un juego de vida y muerte. Hambre, pasión, comida y luego muerte, cadáveres. Eso está claro; lo que no veo claro es por qué esa sabana aparece en mi cabeza y qué me quiere decir al respecto.
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sábado, 26 de septiembre de 2026
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Día primaveral
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