Ayer llovió casi todo el día y fui feliz escuchando el agua golpeando el techo de chapa que existe, por suerte, en parte de la casa. Luego fui al gimnasio, apenas pasadas las ocho de la noche, me subí a un aparato que simula un bote a remos y comencé a remar. La televisión estaba un poco alta, pero me concentré lo suficiente en el ruido que generaba la máquina y pude avanzar con las remadas, aunque es cierto que luego, cuando vino el tiempo de las propagandas, la molestia de los ruidos se intensificó. Luego de constatar que las dos personas que estaban también en el gimnasio tenían puesto airPods en sus orejas, decidí levantarme de la máquina para bajar el volumen del televisor. Entonces sí me pude concentrar en las remadas. Mi cabeza seguía yéndose constantemente a imágenes del pasado inconexas y mantenía, como siempre, un pensamiento rumiante que no tiene otro sentido que verificar hasta el hartazgo las causas de cierta angustia difusa y punzante que se podría definir, aunque la definición no será del todo adecuada, como "temor a vivir". El reloj para entonces apenas marcaba las ocho y dieciséis. Faltaba bastante para las ocho y cuarenta y cuatro que, por esas cosas caprichosas que tiene mi cabeza, era el horario indicado por un dictado profundo y extraño que ordena todo en mi cabeza y que es el mismo que no tiene paz ni sosiego mientras yo estoy vivo.
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