Una y otra vez ha intentado, a lo largo de las décadas, no pensar y no ha podido, porque siempre aparece un pensamiento o una imagen. Una sucesión de escenas atraviesa su cabeza incluso durante la noche, en sueños.
Quisiera ser capaz de permanecer mucho tiempo atento a un ruido placentero. Las casi imperceptibles olas que golpean ahora los escalones de hormigón del club náutico en donde está sentado. Ocupa un banco de madera blanco y enfrente está el Río de la Plata, que en realidad se parece más bien a un mar, pero de un color marrón extraño y apasionante.
Hay cuatro mástiles, también blancos, sin banderas, que, gracias al viento, generan un mínimo ruido —también agradable— con sus cuerdas al rozar el metal. Unos patos pasan en dirección al Este y varios chimangos —al menos cuatro, dos y dos— en dirección al Oeste. Los patos han seguido hasta la siguiente península —un espacio con muchos árboles que pertenece a la Ciudad Universitaria—.
Pronto se han perdido muy a la distancia. Los chimangos, en cambio, recalaron en el único árbol de grandes proporciones que se ve en la franja izquierda de la costa, luego del canal.
Pero eso ha sido todo y de nuevo ha vuelto a pensar. Quiere escribir un libro. Tratará, se dice, acerca de las afecciones que toman a los cuerpos. Así dirá con lujo de detalles lo que pasa en su cabeza. Esa sucesión de imágenes y pensamientos que lo tienen maniatado entre temores, fugaces placeres y preocupaciones será retratada. Así alguien podría tomar nota del enorme caudal de tráfico que tiene dentro de su cerebro y tal vez eso produzca algo.
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