Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.
El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.
La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.
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