Luego de dormir mordiendo el protector bucal toda la noche, como lo hace siempre, se levanta al fin para ir al baño. Ha dormido bien, se puede decir. Más de nueve horas, calcula. Al fin.
Los sueños han sido intensos. Dudaba, en el último, si comprar un libro de poesías clásicas chinas porque su valor era alto —cincuenta dólares— y ya había comprado otro de ese mismo precio. Se decía en el sueño: ¿los iré a leer o será más bien algo aburrido? El detalle de que hubiesen quedado en el tiempo le infundía esperanzas y preguntaba dónde debía pagarlo.
Pero se despertó, fue al baño y, luego de correr las cortinas —en esa época de invierno no bajaba las persianas—, se preguntó por qué se sentía tan mal.
Era viernes. No debía ir a la oficina si no lo deseaba. Podía incluso ir al club junto al río, pero nada de eso lo sacaba de una angustia inmensa que lo abrazaba. Esa era la verdad.
Los últimos días se sentía especialmente de mal humor. No tenía un trabajo que lo entusiasmara. Tampoco el arte parecía conducirlo a ningún lado. Incluso no podía decir que tuviera un lugar, una casa, que amara.
Y había algo en él que no quería para nada: una codicia mezclada con una forma de calcular sus jugadas, sumada a un narcisismo perpetuo, fatuo y, al mismo tiempo, imborrable; llevado a un límite —el vivir pendiente de sí mismo— que le provocaba un malestar aprisionante.
Esa era la verdad.
Debía cambiar, pero no confiaba ya demasiado en poder hacerlo.
¿O sí?
Algo haría, se dijo.
Mirar el río un buen rato, por lo pronto, más tarde.
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