De regreso, en la bajada, mi hijo me intenta explicar dónde quedan lotes libres en el club de campo que vamos los fines de semana. Pero sus referencias me resultan confusas y me ofusco. Percibo con claridad mi ira, una reacción visceral que no tiene fundamento lógico. Me abruma mi incapacidad de retener las referencias que emplea. No obstante, con un éxito relativo, intento matizar ese enojo.
Una vez que llegamos al auto le digo que conduzca y de nuevo el hecho de que vaya a lo que considero alta velocidad enciende mi ira. Debo otra vez enfrentar el trabajo de contenerla. Por qué debo vivir con esta ira tan lista para aflorar en cualquier minuto no lo entiendo.
Tomamos un camino que tiene a sus costados personas y máquinas trabajando en lo que supongo pronto será un tramo asfaltado. El valle y la ruta corren en forma paralela al río. Luego cuando cruzamos un puente, nos quedamos en la mitad para sacarle fotos a unos álamos que, gracias a sus hojas amarillas, son despampanantes. Pero a lo lejos viene una camioneta y debemos seguir viaje.
Al llegar a lugar indicado como la cascada y los piletones, bajamos del auto y caminamos un poco entre los pinos. Desde lo alto, contemplamos el paisaje. Un canal formado por rocas en donde el agua avanza. Me fijo en un turquesa mezclado con la espuma y con un azul en las partes más profundas. También hay grandes rocas que se alzan con formas redondeadas. Del otro lado, veo una cuesta muy pronunciada que aloja un caballo con manchas marrones y blancas pastando. Nos preguntamos de quién será; y también de quién será la tierra que vemos todo a lo largo y lo ancho. Se ven cerros más ceca y montañas a lo lejos.
Un hombre, también con su hijo, aparece desde un costado cerca del lugar donde estamos sentados. Es más viejo que yo y tiene una panza prominente. Cuando parten nos quedamos a mirar cómo viaja ese enorme caudal de agua que envuelve a las rocas, las empapa, las cubre y sigue. Como otras veces mi hijo me pide que sigamos viaje y como otras veces le digo que me deje contemplar el paisaje dos minutos más.
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