Cinco y doce de la mañana. Sentado en el living de mi casa, escucho un colectivo que hace sonar sus frenos, luego un auto con la música estruendosa y luego un poco de alivio. Busco que los pensamientos se vayan, que solo quede la atención a los sonidos, y aparece el persistente zumbido de un semáforo para no videntes. Lo escucho en la esquina de mi casa y pienso: ese zumbido antes no lo escuchaba, algo ha cambiado. Y la idea de que deberé escucharlo por el resto de mis días, por un plazo indefinido, sin un fin cercano, me lleva a la idea del encierro, de la prisión. Un dolor perpetuo, un no final. O sí, el único final sería la muerte. Vuelvo entonces a concentrarme en los ruidos de la calle. Pero en eso aparece el crujido de una madera, la de la pared que acompaña mi querida chimenea; me dice: aquí estoy, aquí pasa algo. Pero no sé qué es lo que pasa, qué ocurre para que algo, indeterminado, misterioso, haga que esa madera cruja, que hable. Quiero encontrar mi lugar, me repito.
Sería acá, en este departamento que he ocupado tantos años. Su orientación es fantástica. De eso no tengo dudas. Mira a una calle que baja. Enfrente tiene un edificio de estilo parisino emblemático; a mi derecha veo incluso, a lo lejos, el Kavanagh. Más allá de la calle que baja está la Gran Estación de Retiro y después el puerto, el río.
A su vez, debajo está la fuente de la plazoleta Paul Harris. No debería pedir más. Pero sí, quisiera más metros, más espacio a mi alrededor. Quiero sentirme en un palacio. ¿Soy todavía un niño consentido? ¿O en realidad solo quiero creer eso? Pienso mejor. Nunca fui consentido. Por eso siempre imaginé, quise creer con todas mis fuerzas, que lo era. Por eso en un palacio del Loire, en Chenonceau, me vi como un príncipe que regresa a su casa. Una imagen que me sirvió para sustentar esos años, y muchos más. Pero siempre estuvo esa tristeza azul, inabarcable; otras pistas acerca de mis orígenes.
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sábado, 3 de octubre de 2026
Mis orígenes
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