Día en cierto modo vacío y en otros aspectos lleno de vida. Me desperté a las nueve y cuarto debido a que la señora que limpia en casa estaba en plenas funciones. Días gris, cálido y pesado que no me dio ganas de comenzar y tampoco de meditar. Diez y media prendí el celular para arrancar con el trabajo. Hablé por teléfono con mi pareja de temas prácticos y después, apenas unos ejercicios aislados. Luego, un desayuno tardío con mi hijo que, por fortuna, gracias a mis pedidos, se acercó a conversar. Me había comprado un chipá. Mi hija tampoco estaba lejos, permanecía en el sillón del living concentrada en su computadora. Poco conversadora. Salí casa cuando el cielo escampó y caminé hasta el taller, donde dejé unas pinturas que había comprado, y pinté un poco. Cerca de la una de la tarde, quedé en tomar un café con mi padre en una café antiguo que mira a una plaza y al palacio de Tribunales. Hablamos de lo lindo que es el lugar pese a que uno lo tiene relacionado con el trabajo y con un ambiente cargado de personas mendigando -cosa que es exagerada en cierto punto-. Durante ese lapso una vez más perdí la paciencia frente a lo que interpreté como cierta inexactitud de mi padre. Soy muy severo con él incluso de modo instintivo. Podría ensayar varias explicaciones acerca de por qué actúo así, pero nunca llegarían a justificar mi impaciencia. Dos y media nos levantamos luego de mis disculpas. Mi padre se fue a almorzar y yo subí a la oficina donde me enfrasqué en una serie de reuniones que me mantuvieron ocupado hasta cerca de las tres y media de la tarde, hora en que salí para el restaurante de comida china donde encontré a esa señora que cada vez me resulta más reposada en sus modos. Su comida es simple y honesta. Cuatro de la tarde estaba de nuevo trabajando en la redacción de algunos escritos. Como el día era lindo, cuando bajé a la plaza para hablar con una proveedora que al mismo tiempo es clienta, escuché con felicidad unos pájaros en una gran palmera casi al final del primer tramo de la plaza, pero las preguntas incisivas de la proveedora y clienta de nuevo me exasperaron al punto que tuve que reprimirme para no llegar a un punto de conflicto de no retorno con esa mujer. Cinco y media, luego de una hora de infructuosas rencillas, subí a mi oficina donde hice un poco más, subí al piso de arriba a combinar una cuestión con el escribano -un hombre que toca el saxo y ama el jazz- y constaté ahí arriba que su vista es muy superior a la mía. Tiene más altura y sobre todo ventanales hasta el piso. Eso hace una gran diferencia cuando sale al pequeño balcón que él tiene -y yo no tengo-. Seis y media estaba en mi taller pintando transportado a los cuadros que he visto en el Museo Del Prado. Fueron ráfagas que me llevaron a lugares en donde los cuadros me sugieren paisajes, espacios que aparecen en mis colores, pero que no terminan de adquirir una forma definida o consolidada.
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sábado, 22 de agosto de 2026
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Ráfagas
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