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domingo, 7 de junio de 2026

Parque Nacional Lanin

 Me levanto algo temprano, aunque durante la noche haya tenido que enfrentar una luz —que no logro apagar— en el marco exterior de mi cuarto. Es bastante potente incluso con la cortina desplegada. Pero logro dormirme hasta que, más tarde, la lluvia junto con los truenos, golpeando en el techo, me despierta. Supero también esos ruidos, y lo mismo una bocina de poquísimos segundos que he oído otra madrugada, porque alguna persona la toca en una casa cercana para avisar algo.

Leo un poco en un intento de relajarme. Lo hago en otro cuarto hasta que se levanta mi hijo y desayunamos. Él tiene una clase virtual, de modo que le ofrezco mi computadora.

Al terminarla, partimos hacia Junín de los Andes. No entramos en el pueblo. Seguimos camino y doblamos para tomar una ruta que ofrece menos vegetación que en San Martín de los Andes. Luego la ruta se vuelve de tierra.

En la entrada al parque nos bajamos para pagar el ingreso. Como el viento es considerable, en la orilla del gran lago las olas parecen ser del mar. Me gusta ese carácter brioso. Siete mil pesos cada uno. Una joven nos da, a nuestro pedido, un mapa bastante elemental junto a otra señora que nos recibe con más cordialidad. Aprovechamos para pasar por el baño y seguimos viaje por un camino que tiene árboles de gran tamaño a ambos lados. A nuestra izquierda está el lago, siempre un poco más abajo del camino.

En un espacio recreativo, que es un camping abandonado, paramos a comer unos sándwiches que hemos comprado ni bien salimos. Elegimos una mesa soleada frente al agua. El sándwich no es muy bueno, pero el entorno lo vuelve adorable. También la suerte de poder tomar agua directo del termo. Como siempre, conversamos con mi hijo mientras comemos uno junto al otro.

Después seguimos viaje, avanzando por la cuesta que bordea el lago hasta llegar, luego de varias curvas y contracurvas, al lugar que nos había indicado la joven de la entrada: Puerto Canoas. En el muelle hay un cartel que dice: "Aguas profundas. Prohibido tirarse del muelle". De ahí se supone que sale un catamarán a dar vueltas por el lago. Pero no hay nadie a la vista. Solo un perro de pelo largo, negro ceniciento, que nos viene a saludar con entusiasmo y se mete en el agua. Incluso toma de ella.

—Debe de estar helada —dice mi hijo.

Observamos al perro desde el muelle de madera donde está amarrado el catamarán. Ni bien vuelve a la orilla, se sacude para liberar el agua de su cuerpo.

De regreso, me parece ver la silueta de una mujer dentro de un lugar que dice "Almacén", contiguo a un espacio comedor. Cuando la señora nos abre la puerta, le pedimos un té, después de saludarla, y una tarteleta de coco. Nos invita entonces a pasar al comedor, donde se escucha, viniendo desde la cocina, una música mexicana.

Miramos el agua mientras pasa un padre con su hija. El padre debe tener por lo menos sesenta años y la hija veinte, calculo. Detrás va el perro que se metió al agua hace un rato. Me parece que nos mira un instante a través del vidrio y sigue.

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Parque Nacional Lanin

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