En la espera de mi comida voy hasta la costa, luego de que mi hijo me dé a entender que prefiere seguir absorto en su celular. Hay solo dos reposeras de plástico blancas frente al lago que parecen esperar a alguien. Me echo en una con el lago inmenso delante y las montañas al final. Todo me invita a permanecer ahí, pero supongo que pronto estará la comida en la mesa. Tomo una foto y se la envío a mi pareja preguntándole cómo se encuentra.
Cuando vuelvo todavía no encuentro la comida en la mesa. Pero llega pronto. Las empanadas son fritas. No había advertido eso en el menú. La milanesa de mi hijo está bien, pero me advierte que tiene unos nervios inconvenientes. Las papas estrelladas me gustan. Lo mismo la limonada. Una vez que terminamos de pagar, nos sentamos afuera a tomar el último vaso. Mi hijo no quiere más, me responde cuando le pregunto. Me sirvo y conversamos.
Luego, emprendemos camino al sendero que bordea el lado y nos ha indicado la señora del vestido verde agua. En el trayecto saludamos a una familia que habíamos visto a lo lejos en la playa. Una señora y dos hijos de unos veinte años. El trayecto pasa por piedras grandes, árboles a la vera del agua y desemboca en una playita. Cuando nos reclinamos sobre una roca, veo un tronco metido apenas en el agua. Me fijo en el trabajo que hizo el tiempo en esa madera. Admirado, le saco fotos pensando cuánto me gustaría llevarme ese tronco a mi casa. Pero es muy grande.
Mi idea es ascender por el otro sendero que nos indicó la señora del vestido de gasa. Pero mi hijo duda. Le digo que me espere en todo caso en la playa, pero al final me acompaña. Tomamos un camino que pasa por dos casas en construcción sobre las laderas donde unos hombres trabajan con sus caras casi del todo tapadas. Debido a que el ascenso es exigente, percibo cómo la pierna derecha es más débil que mi izquierda. El aire comienza a serme escaso. Pero algo me empuja a seguir. En la cima, vemos un cartel que dice: Vendo lotes, preguntar en el restó Cleo. Luego la visión del pueblo, las casas desperdigadas, el lago, las montañas. Más hacia nuestra espalda se ve un valle angosto que sigue un río que desde la distancia. Se ve finito, le digo a mi hijo.
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