Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al lago. Hubiese preferido sentarme afuera, pero mi hijo no querido debido al viento (y con todo lo intentamos pero enseguida mi hijo optó por el interior).
Pronto, aparece una señora de mi edad vestida con una prenda verde agua con gasas. Me parece bastante sofisticada para el lugar. El conjunto es un vestido corto, advierto. También le veo unos borceguíes negros. Es morocha y tiene retocada su cara, especulo. No sabría decir si con Botox o qué.
De un modo muy amable, nos pregunta qué vamos a pedir. Una limonada de mente y jengibre, sin azúcar, `por favor, le digo. El hecho que sea sin azúcar la desconcierta. Me ofrece edulcorante. Le digo que no es necesario, e incluso insiste en traerlo aparte. De alguna forma su buena predisposición generan en mí una atracción antiquísima. Tal vez como la de un colegial que descubre a su lado a un chica de su edad.
En ese punto del día con mi hijo dudamos si también pedir de almorzar. Es más bien temprano para la hora en que suelo almorzar -la una y veinte de la tarde-. Pero resolvemos pedir. Mi hijo una milanesa con papas fritas. Yo dos empanadas de hongos y una de carne.
Al rato, voy a la puerta de la cocina, llamo a la señora y le pido una papas fritas también. Ella me ofrece papas estrellas, con ese modo infantil y a la vez bastante sutil. Le digo que sí.
Salgo entonces un poco afuera, a la terraza, a intentar pensar en nada y como siempre no lo logro. Miro el lago enfrente, me fijo en que hay un cerco a unos seis o siete metros de donde estoy parado -apoyado en una baranda de madera con las manos en mi mentón-. El cerco fue podado en fecha reciente. Los troncos, que han sido cortados, me dan la pauta que el cerca hasta hace poco era bastante más alto y tapaba la vista al agua. El lago tiene un oleaje moderado y el día es de sol. Las montañas atrás mantienen ese mudez acorde con el agua. Veo algunos álamos amarillos en las laderas de mi derecha, casi sobre el agua. También otros más arriba en la montaña. Se alzan en hilera, en el margen izquierdo. Mi voluntad de lograr crecer con mi oficina, ocupa por instantes mi cabeza, pero por otros momentos solo logro fijarme en las levantadas apenas sobre la superficie del agua. Rompen apenas antes de la orilla. Se escucha algún pájaro, pero muy a lo lejos. Un churrín andino, creo.
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