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jueves, 4 de junio de 2026

Bendiciones

 San Martín de los Andes. Me levanté cerca de las ocho porque había dejado las cortinas sin bajar. La casa es nueva, amplia, rodeada de árboles. Mira a un valle. Pero no termina de convencerme el hecho de que la calidad de su construcción y su decoración sean el de una casa pensada para ser alquilada. Su dueña cuando trabé conversación con ella, no me pareció interesada en contestar más que lo necesario. También adolece de algunas toallas. Veo ollas viejas y sobre todo tres perros en las casas de enfrente que ladran cada tanto durante el día. 

Salimos después de una siesta que hice a las once de la mañana. Antes había barrido un poco la casa e incluso hecho mi cama. Tomamos lo que el google maps indica cómo entrada al Parque Lanin y no es más que el inicio de la ruta de los siete lagos. Pronto, nos detuvimos en un mirador. Al estacionar, me llamó la atención la presencia de un hombre de sesenta años avanzados con su familia, mujer, hijo, nuera y dos niños. Me hizo una seña amistosa para que tenga en cuenta el gran desnivel que tiene la banquina de la ruta con la gravilla. Gracias, le dije ni bien bajé del auto. ¿Quieren que les saque una foto?, pregunté. Mientras posaba con los suyos pregunté de dónde eran. De General Roca, dijo. Una ciudad ubicada a unos trescientos kilometros de donde era oriundo un amigo de mi padre, que con los años terminó siendo pareja de mi madre. Le pregunté si conocía a esa familia y me dijo que sí, y me explicó que a un amigo de él lo crío el padre del hombre que terminó siendo pareja de mi madre. Repasamos entonces un poco la historia de esa familia. Un padre que hizo una fortuna y unos hijos que más bien la perdieron. Luego nos despedimos. Bendiciones, recuerdo que dijo al final. 



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