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miércoles, 4 de febrero de 2026

Fiestas

Desde que llegué a este lugar —Tulum— escucho una música electrónica a lo lejos por las tardes y luego por la noche. Con el paso de los días empecé a oírla también durante las mañanas. Pensé entonces que no se trataba de una fiesta ocasional sino de un bar en las inmediaciones. Sin embargo, no lograba ubicar ninguno cercano: alrededor solo hay selva, departamentos dispersos o casas.

Hoy me levanté con el ruido dispuesto a investigar. Salimos con mi pareja siguiendo el estruendo unos doscientos metros, hasta dar con una casa rodeada por murallas de piedra y varios autos estacionados en la vereda. Mi pareja se bajó de la camioneta y tocó el timbre. Nadie respondió. Alcanzó a ver, no obstante, a varios hombres bailando al borde de una pileta. Solo hombres, me dijo.

Frustrados, dimos la vuelta a la manzana. Nos cruzamos con una mujer que salía en bicicleta, rapada y con tatuajes incluso en la cara. No hablaba casi español. Calculé que tendría más de cincuenta años. Su hija, de unos veinte, nos observaba un poco más atrás. Le preguntamos por la casa de los ruidos y nos dijo: “Sí, son un desastre. Hacen fiestas todos los fines de semana, desde la tarde hasta la medianoche”. Le pregunté si valía la pena llamar a la policía y respondió que sí, aunque sin convicción. La saludamos y nos fuimos a la playa.

Más tarde, al salir de la playa, nos encontramos con un policía apoyado en un vehículo que decía Control de tránsito. Le expusimos nuestro caso. Nos dio un teléfono de contacto para emergencias. Ya lo contactamos.

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