Son las nueve y cinco de la mañana. Tengo mucho para contar. Desavenencias con mi hermano —una vez más—, hechos que me han alterado en la faz de mi trabajo —una vez más—. Pero ahora me quiero focalizar en el placer de escuchar las gotas que, con timidez, se han lanzado desde el cielo gris que permanece estático. Ayer sentí las gotas igual que hoy, en mi sala de estar, frente a los ventanales, de pie ante las cúpulas del gran edificio de principios del siglo pasado que se alza perpendicular a mi balcón.
A lo lejos veo, una vez más, el primer rascacielos de Sudamérica. Verlo me recordó mi regreso a la ciudad, días atrás. Mientras el avión descendía entre las nubes, miré por la ventana y vi, a lo lejos, casas, árboles y calles. No poder distinguir a las personas aumentaba mi deseo de saber de ellas.
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