Salimos cerca del mediodía. Esta vez, por suerte, no me despertaron los hombres de la casa vecina de atrás (los que estaban cortando baldosas con una amoladora). Entiendo que terminaron su trabajo. Ni bien dejamos atrás el pueblo, subimos la cuesta que bordea el lago a la salida de la ciudad y seguimos viaje hasta un lago de nombre Falkner. Ahí nos paramos solo para ver un poco el paisaje. Mi hijo no obstante quiere seguir, avanzar, cosa que hacemos. Un poco después, me vuelvo a detener el auto frente al lago escondido. Ni bien bajamos del auto noto un tronco caído y cortado de grandes dimensiones. Es una escultura con todas las letras, le digo a mi hijo. Quisiera, agrego, alguna vez terminar de armar un estética escultórica coherente en torno a este tipo de hallazgos. Piezas que han sido esculpidas por la naturaleza. Pero para eso supongo que debería ser capaz de proveerles un tipo de intervención de mi parte -más allá de la selección-, un aditamento que les otorgue ese plus, pero todavía no encuentro cómo realizar ese dialogo.
El lago, un poco más abajo, no se ve muy bien debido a los árboles que están bajando la barranca, pero el agua, un tanto turquesa, se vislumbra entre las ramas. Dos mujeres de unos sesenta años se están sacando fotos a nuestro lado. Les pregunto si quieren que les saque alguna foto y me responden, en un tono amistoso, que no, que ya tienen bastantes. Nos ponemos a hablar. Nos cuentan que han venido a hacer paddle con un grupo y que ahora se dirigen, como nosotros, a Villa Traful. Nos advierten que el camino final tiene partes de cuestas un tanto exigentes (e incluso una de ellas nos dice que si las vemos al costado del camino varadas las auxiliemos).
El camino final a Villa Traful, tal como nos advirtió la mujer es exigente porque hay tramos que están siendo ampliados. Hay diversos vehículos pesados en el trance. Un hombre avanza muy lentamente. Vencido por la ansiedad, decido pasarlo en forma indebida por su derecha. Es un vehículo con patente uruguaya que paso rápido. Pero me detengo detrás del gran vehículo vial porque ya he perdido la oportunidad de pasarlo otra vez por la derecha -ahora el margen que otorga la calle de tierra es muy exiguo-.
Un poco más adelante me detengo -junto a un cartel algo despintado que dice: Villa Traful y bajo a la playa. Mi hijo dice que prefiere aguardar en el auto. La playa tiene piedras muy pequeñas; casi parecen arena. Veo un tronco en la orilla, lo alzo con cierto esfuerzo y luego de cavar un poco lo coloco en forma vertical para sacarle fotos. Es una escultura. Espero me sirva de inspiración en un futuro cercano. Luego me siento como los orientales a contemplar el lago sin nadie a la vista. La calma me toca apenas hasta que escucho una bocina. Mi hijo me reclama.
Seguimos viaje hasta la entrada de la villa, más precisamente hasta una casa de madera. Almacen Gourmet dice el cartel. En ese lugar no vemos a nadie que atienda. Recién cuando nos retiramos, aparece un joven. Le pregunto si venden sandwiches. Solo congelados, me responde y me exhibe uno. No, muchas gracias. ¿Hay algún lugar que nos recomiendes para comer unos recién hechos? El patio gourmet, nos responde y hacia allá vamos.
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