Volvemos. El trayecto de vuelta se me hace más liviano. No sé si porque voy más rápido al conocer el camino. Al llegar a la entrada del parque detengo el auto y le pido a mi hijo que maneje hasta la casa. Aprovecho para ir al baño. Como está cerrado me dirijo a unos árboles junto al lago desde donde, en la orilla, miro las olas que rompen. En esta parte del lago, el viento se levanta con más fuerza.
Cuando seguimos viaje, en la ruta, pasamos junto a un camión de bomberos. Veo al costado de la ruta un auto carbonizado y a varias personas con cara de preocupación. Una mujer policía nos hace el gesto que avancemos con expresión adusta.
Ya en la entrada a San Martín, cargamos nafta. El joven es tan amable como tantos otros que me ha tocado tratar por la región. Paga mi hijo con su celular. Al joven, complacido, le doy una buena propina. Nos ha limpiado el parabrisas del auto. Cuando cruzamos la ruta para pedir sushi, ni bien entramos desde el fondo del local, detrás de la caja, una joven con expresión feliz nos saluda. Supongo que sería el tipo de joven que me enamoraría (si yo también fuese joven). Quisiera decirle a mi hijo que aproveche a esa joven, que le pregunte algo. Mientras esperamos me pongo a conversar con el sushiman. Un hombre que vino hace unos tres años desde Buenos Aires. Me cuenta que los inviernos aquí no son tan arduos. Es un buen momento para trabajar con los turistas que vienen a esquiar, me explica. Luego nos invita a probar un trozo de sushi.
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