Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar.
Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.
Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió.
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