Ahora son casi las cinco de la mañana de un sábado. Estoy en la ciudad. No me fui a la casa de fin de semana porque deseo ir al taller mañana. Necesito pintar, meterme con los colores, verlos, sentir sus pigmentos, su vitalidad en la tela. Componer una imagen hasta volver a una sensación de alegría capaz de llevar al observador a un lugar en donde fue feliz.
Nadé cerca del mediodía. Me levanté a las nueve de la mañana después de dormir de corrido ocho horas. Trabajé con cierta ansiedad por avanzar, Quiero sacarme el trabajo de encima. Reducirlo a la menor expresión y eso es la demostración de la poca vitalidad que me aporta.
A las doce, salí en el auto hacia el club. Pero antes tuve que soportar el llamado de una abogada que trabaja conmigo. Malas noticias. Otro error en su gestión que deberé enfrentar. En la pileta, encontré a la misma señora que estaba días atrás -esta vez junto con una amiga con la que no paraba de charla sentada en una reposera- y al hombre que nadó en el carril contiguo al mío, y con quien hablé en los mejores términos acerca de lo lindo que es esa pileta frente al río. Nadé por espacio de casi una hora, pero tomado por los temas de mi trabajo. Lo bueno es que pude dejar el celular en el auto y por momentos concentrarme en los pájaros. Varios cabecitas negras en los arbustos junto al río. Dos caranchos en la copa de un pino cercano. Una garza metida apenas en el río. También la profundidad del horizonte. Esa distancia tan importante en el mar y en este río que es como un mar (porque no se ve la costa del otro lado -la que está en Uruguay).
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