El tránsito de la noche al día
su letanía
su infranqueable comienzo y final
el que de alguna forma se intuye en lo más oscuro
porque incluso esa oscuridad trae una añoranza
que es la luz que ilumina un monasterio
establecido en la cima de una montaña
que más abajo tiene un río
donde los monjes se bañan
con alegría y a la vez con respeto
por todo lo que les está ocurriendo
incluso en su padecer diario
y por eso merecen mi admiración.
Y si no la merecen,
igual la tienen.
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