Una tarde frente a la posibilidad de entender el rol de los pájaros, la importancia de las montañas sobre el mar, la textura de la suave fuerza en la boca, la lisura de las piedras, el aroma de los pastos moviéndose abajo de los eucaliptos.
Hay razones para mirar eso mucho rato. Mirar el pasto sentado en una vieja silla. Ver esas pequeñas montañas y, además, a los pueblos entristecidos, a los niños dormidos, a los santos que sufren, en las pinturas y a las vírgenes también.
Ver las fascinantes historias. Imaginar cómo se escribieron las novelas, y ver a los teros, tensos, sobre el pasto, custodiándonos, generación tras generación, en el campo.
Y buscar lo que tiene un paisaje, eso colorido e infantil que tiene.
Y ver, los meses de los meses, los años de los años, en el ascensor, camino a un piso supuestamente seguro, la posibilidad de desmantelar los ruidos.
Y soñar así con estar quieto, en silencio, alejado de los discursos, contento con la igualdad, feliz con las cosas, feliz con los objetos, feliz con lo que parece no tener vida, y que sin embargo se vuelve una presencia, una cuña, un punto necesario, o al menos algo útil para entender mejor el amor.
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lunes, 2 de marzo de 2020
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