Me levanto un día de sol templado. En alguna parte, del lado de mi cuarto y del baño, se escucha una música electrónica con impronta new age. Por ser el último día de mi cuñada con nosotros, sugerí que saliéramos a desayunar. En el lugar elegido, en una mesa contigua, una comensal de unos cincuenta años largos no para de hablar a los gritos, con un tono irritante. Un cliente en la mesa de al lado —un americano canoso— se tapa una oreja; pretende poder escuchar lo que alguien dice en su teléfono. La cara de otro cliente —un joven morocho con un traje estilo monje tibetano— también es elocuente. Decido pedir que vayamos a otro lugar y mi pareja y mi cuñada acceden.
En el siguiente lugar, la joven que nos atiende —muy amable— se aviene a bajar un poco la música. El mundo vive en una frecuencia sonora más alta que la mía, le digo. La joven lo entiende. El café es excelente. Los chilaquiles, lo mismo. En el lugar circulan muchos gatos por el amplio patio lleno de plantas. Uno, blanco y negro, se sube a nuestra mesa y reclama comida. Sacamos fotos del animal para mi hija.
Vamos más tarde al aeropuerto por una ruta lamentable. En el edificio principal del aeropuerto, en cambio, todo está bien dispuesto. Despedimos a mi cuñada. Antes, fiel a su estilo, pide que nos saquemos una foto junto a unas letras multicolores que dicen “México”.
En el último instante no le permiten ingresar a tomar su vuelo. Tiene el documento vencido. Mi hijo sugiere que muestre la licencia de conducir. El documento resulta válido.
Falta decidir si vamos a la playa o a un cenote de nombre Corazón Paraíso. Nos decidimos a probar, aunque cierre en una hora. El lugar es una gran pileta natural rodeada de selva. Unos jóvenes se tiran de un trampolín. Cerca del fondo se ven peces. Mi hijo nada con un visor y el snorkel que compró días atrás. Mi mujer se zambulle, pero casi enseguida elige sentarse donde se forma un escalón natural gracias a unas piedras. Extiende las piernas; unos peces le rozan los pies. Una mujer que ingresó con nosotros —una americana, rubia, de buen aire, de mi edad— nada cerca mío con una sonrisa en la cara. Quiero decirle: Nice. Respiro aliviado y permanezco en el agua sin tocar el suelo. Solo me impulso apenas, haciendo bicicleta. Por momentos me sumerjo, me estiro. Noto cómo mi hombro izquierdo está más alto que el derecho; pataleo lo justo. Me parece que la americana sonriente hace mucho de lo que yo hago en el agua. No me atrevo, igualmente, a mirarla.
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