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viernes, 9 de enero de 2026

Atlántico

Me levanto con una pesadilla. Había perdido a mi hijo: se cayó de un crucero al mar. Ese tema lo reconozco. Tiempo atrás vi una película holandesa que narra la historia de un matrimonio joven que, mientras cruza el Atlántico en un velero, pierde a su hijo de cinco años cuando se cae del barco. Se dan cuenta al rato. Pasa el tiempo y nunca lo encuentran.

En mi sueño, el niño finalmente es hallado en un lugar del puerto, bajo unas mantas, sobre un banco, pero su cuerpo tiene una capa de hielo. Me preguntan si tiene los ojos abiertos o cerrados —para saber si está vivo o muerto—. Lo alzo y luego me despierto sobresaltado.

El día es de sol. Diez de la mañana. Levanto la cortina. Una señora, en el sector de la pileta y los árboles que emulan la selva, rastrilla las hojas que caen sobre las piedras blancas del piso. No encuentro en la expresión de su cara algo definido. Me meto en el agua de la pileta: celeste. Uno ese color con el ruido del rastrillo y, entre ambos, me calman.


jueves, 8 de enero de 2026

Bailongo

Estoy apoyado en la pared de un mercado a la espera de que mi pareja termine de comprar con mi hijo. Enfrente, veo una tienda de ropa de autor. Prendas tejidas a mano; noto una estética sofisticada. Detrás del vidrio, dos mujeres se miden prendas. Me hace acordar cuando de niño espiaba, en el petit hotel de al lado, una ventana. Tras ella unas modelos se cambiaban los viernes a la nochecita -cuando en el lugar se celebraban desfiles de moda-. Me ponía nervioso admirando a esas mujeres. Se lo comenté a mi padre y no tuvo una respuesta para darme. 

Veo una mujer de pelo oscuro lacio, flaca; se regodea frente a un espejo. Se le suma una rubia todavía más llamativa. Cuando mi mujer sale, le digo si no quiere ver la tienda. Ni bien ingreso, intento refrenar mi curiosidad yendo hacia el fondo. En ese lugar, descubro un Buda tallado en alabastro. Me acerco hacia el lugar donde está la caja. La rubia y la morocha son italianas. Hablan de un festival de música electrónica. Al verlas más de cerca, se evapora la magia. 

Cuando salimos de ese local, damos muchas vueltas por el frente de distintos restaurantes sin entrar a ninguno. Por fin, recalamos en uno autóctono. Un gran ambiente abierto en una construcción de madera. Los sillones son cómodos. Nos atiende un joven bien dispuesto. Cuando pago la cuenta, me quedo fijo en un bailongo que se armó en la zona de la cocina. Cocineros y cocineras bailan una música dulce con movimientos graciosos, tiernos, abrazándose por momentos entre risas. Solo veo sus cuerpos de los hombros para arriba y eso le otorga a sus movimientos más gracia. Me quedaría viéndolos un rato, pero ya no queda nadie en el lugar. Debemos irnos. 

miércoles, 7 de enero de 2026

En silencio

 Se iba el sol atrás de unas palmeras. Lo veía desde el mar, tibio, con sargazo en algunas partes. Las olas se formaron con más altura, pero lo mismo eran bajas. Salí del agua. Mi mujer y mi hijo estaban sentados uno junto al otro bajo la sombrilla de pajas. Miraban el mar. Los saludé a la distancia, sobre las rocas. Pasó una bandada de pelícanos arriba nuestro. Los miré arriba de mi cabeza y tuve una alegría mayor a la esperada. Todo tendía al ruido del mar. No quedaba nadie en la playa. Les había pedido a ellos quedarnos a esperar que saliera la primera estrella. Y allí estaban ambos, sentados, contemplando el mar, en silencio. 

martes, 6 de enero de 2026

Playa alejada

Vamos a una playa alejada que promete sus contratiempos porque acá en México muchos espacios de la costa están tomados por los hoteles y no tienen un acceso público a la playa. Este lugar resulta el caso. Llegamos después de manejar media hora desde Tulum y, al final de la calle, bordando las costa, nos encontramos con una casilla en donde un hombre sostiene una barrera. Nos explica que para pasar al lugar debemos ser huéspedes de un hotel o tener un reservación. Para no confrontar, le digo que vamos a almorzar al primer hotel. Me toma los datos y pasamos. En ese primer hotel, nos esperan en la recepción. Nos explican los precios y dicen que van a averiguar si tienen camastros disponibles -parece que no los hay nos adelantan-. Aprovecho esa distracción para bajar a la playa. Terminada la zona hotelera, nos echamos. En ese lugar comienza el fin de la bahía. No hay nadie. Nadamos atentos a los peces cerca nuestro. Uno dice mi pareja que le ha mordido apenas un talón. Con mi hijo lo dudamos. Llevamos un picnic; lo desplegamos (en mi caso, con cierta incomodidad). Mi pareja no parece afectada. Dos pelicanos pasan. Otros se precipita al agua. Señalándolos, escucho que mi pareja saluda a unos lugareños que salen de la vegetación atrás nuestro. Les pregunta cómo encontraron un camino en la selva. Ellos señalan un espacio vacío entre los árboles y siguen camino con sus redes y cañas. Decidimos adentrarnos por ese sendero entre la vegetación  para volver a nuestro auto, pero ese sendero en la selva -lo descubrimos después de caminar un buen rato- no sale a la calle que bordea la costa donde tenemos el auto. El camino se adentra en al selva y termina no sabemos dónde. Regresamos. Al fin, salimos por el hotel con cara de nada saludando al hombre que custodia la entrada. 

lunes, 5 de enero de 2026

T bone

Entro al supermercado. Amplio, vistoso. Buena exhibición de los productos. Voy con mi hijo al baño antes que nada. En la puerta, cruzo a tres personas de limpieza. Visten uniformes azul con verde. Conversan con útiles en la mano. Recuerdo el film Perfect Days al instante. Les sonrío e inclinan sus cabezas.

Empiezo por las frutas. Elijo cuatro papayas. Una chica de espalda me convoca gracias a la forma ideal de su cola. Intento dejar de mirarla. Pasamos con mi hijo a los quesos y luego a los vinos. Es el último día del año. Veo promociones de champagne, de pan dulce. Una pareja que parece hablar ruso me cruza su carro. Espero con paciencia.

Voy a las carnes. La persona que me atiende tiene un ojo tapado. Me consuelo pensando que, con todo, tiene el ochenta por ciento de su visión. Pero igual me da mucha lástima. Es un hombre con la cara muy grande. Un oso panda. Elijo un T-bone para hacer en la cena, pero luego lo dejo en una heladera. Es demasiado grande. Tomo piezas más chicas.

Seguimos. Recalo en los yogures y me cruzo a la joven que vi en la entrada. Trato de no mirarla. No quiero darle tanta importancia. Paro después frente a una pantalla enorme que muestra imágenes de algún lugar de China. Un palacio un día de otoño. Rojos, naranjas y ocres de las hojas. En cierto modo, no parecen reales. Miro unas cajas de esas pantallas que promocionan la imagen de un ídolo del fútbol americano; no lo conozco. Más atrás, un parlante de grandes proporciones me incomoda con su música e incluso se pisa con la del supermercado. Compro un pijama con un estampado del juego Pac-Man que tiene primitivos dibujos de hamburguesas, papas fritas, pizzas. Eso es lo que come el Pac-Man en el pantalón y la remera. Parece bueno el algodón. En la caja, cuando me toca pagar, concluyo que ha sido más de lo que calculaba. Feliz año le digo al cajero y él me desea lo mismo.


domingo, 4 de enero de 2026

Tormenta en la playa

 Salida para la playa más bien tan tarde -como siempre. Mi pareja dice que le gustó la entrada de un hotel que muestra un túnel de maderas entrelazadas y al fondo la visión del mar, turquesa, iluminado por el sol. Cuando nos aproximamos, sale un hombre, viejo. Camina con dificultad por el efecto del reuma, supongo. Mi mujer le pregunta por las habitaciones del hotel -que es pequeño- y se dispone a mostrarnos una enfrente de la playa. Insólito: el hotel tiene apenas ocho habitaciones y está vacío. El restaurante cerrado. Nos explica el hombre que vienen de una mala temporada por el sargazo. Tampoco ayuda el hecho de que hasta hace poco se cobraba entrada al parque nacional -el lugar donde está el hotel-. Nos explica el precio y acordamos que incluso podemos sentarnos a disfrutar del paisaje bajo unas sombrillas de paja frente al mar. Nos puede ofrecer una Coca Cola o cerveza. Más tarde, vamos al mar. Mi pareja se adentra en el agua -cosa que hace solo en lugares donde las olas no son grandes-. En este lugar las olas no lo son, pero por momentos se arman y pronto una ola le exige meter su cabeza debajo del agua. Emerge con cierta tensión en la cara. La expresión de una niña que pasó por un trance. Unas americanas cerca hablan en un tono alto. Nos alejamos. Comienzo a nadar; mi mujer se vuelve con mi hijo a la orilla; luego los veo charlar a la distancia. Recalo donde no hago pie. Dejo que las olas lleguen a mi cuerpo y lo sostengan en un vaivén suave, controlable. Unas jóvenes juegan al voleibol en la orilla. Me convocan, pero trato de no fijarme en ellas más de lo necesario. A mi izquierda, unas nubes negras. Cuando se larga una tormenta, por iniciativa de mi pareja, terminamos guarecidos en un hotel boutique de lujo cercano. Nos dan unas sillas; comenzamos a secarnos. Unos turistas americanos -un señor muy grande con una mujer más joven, sesenta años, y un hombre de unos cuarenta-, sentados frente a la puerta de entrada al restaurante, le reclaman a cada persona que entra que cierre bien la puerta -cosa que rara vez hacen-. Me quedo observando esa lucha desigual. 

sábado, 3 de enero de 2026

El águila

Casi es el fin de la tarde. Un águila se precipita en el mar. La veo justo cuando se lanza cerca de la orilla para agarrar un pez con el pico. Lo logra, pero queda sin poder volar durante un buen rato, cerca de la orilla, porque tiene las plumas mojadas. Unos turistas —americanos— se acercan a tomarle fotos a pocos metros de distancia. Al fin, de a poco, el ave se deja llevar por las olas y logra salir del agua. Se ubica en la arena, rodeada de esos turistas americanos que insisten con las cámaras de sus celulares. Deja el pez en el suelo, que todavía se retuerce, extiende las alas para secarse y pronto vuelve a tomar el pez y sigue viaje.

Atlántico

Me levanto con una pesadilla. Había perdido a mi hijo: se cayó de un crucero al mar. Ese tema lo reconozco. Tiempo atrás vi una película hol...