Me levanto con una pesadilla. Había perdido a mi hijo: se cayó de un crucero al mar. Ese tema lo reconozco. Tiempo atrás vi una película holandesa que narra la historia de un matrimonio joven que, mientras cruza el Atlántico en un velero, pierde a su hijo de cinco años cuando se cae del barco. Se dan cuenta al rato. Pasa el tiempo y nunca lo encuentran.
En mi sueño, el niño finalmente es hallado en un lugar del puerto, bajo unas mantas, sobre un banco, pero su cuerpo tiene una capa de hielo. Me preguntan si tiene los ojos abiertos o cerrados —para saber si está vivo o muerto—. Lo alzo y luego me despierto sobresaltado.
El día es de sol. Diez de la mañana. Levanto la cortina. Una señora, en el sector de la pileta y los árboles que emulan la selva, rastrilla las hojas que caen sobre las piedras blancas del piso. No encuentro en la expresión de su cara algo definido. Me meto en el agua de la pileta: celeste. Uno ese color con el ruido del rastrillo y, entre ambos, me calman.