Huir del ser romántico e ilustrado.
Huir por lo tanto de la escena acabada
que causa admiración a la platea.
Huir de la intimidación que causa lo perfecto
como símbolo de algo genial, y como resultado
de un producto acabado.
Huir -y esto es fundamental-
de la ansiedad por culminar el proceso
en un punto determinado. Y huir de la sensación
de agobio que producen las palomas alrededor
de uno en las plazas dado que es análoga a la sensación
que uno siente frente a esa cuestión del artista
como ser iluminado por dioses arbitrarios e indómitos.
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miércoles, 1 de octubre de 2014
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