Charlamos con mi hijo sobre el
por qué de muchas cosas
hasta llegar al no sé.
Después nos quedamos con
la vista fija en la enredadera que cubre la casa,
como a la espera de que por lo menos
esa planta tan magnífica hable.
Pero no habla, sólo cantan los pájaros
en los árboles a nuestras espaldas.
Celebran algo, digo de pronto,
sin mayor explicación.
Y mi hijo asiente.
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martes, 9 de diciembre de 2014
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