En ese tiempo las cosas, me refiero a los objetos,
la luna, el sol, las casas, y un montón de cosas que están
por todos lados, tenían una presencia mayor.
Su mudez las exaltaba.
Una fuerza reluciente -me imagino que por obra
de un montón de pensamientos fantasiosos- daban al espacio
un filo que te cortaba en pedazos.
Y, claro, nosotros aceptábamos cada uno de esos cortes.
Es para purificarnos, decíamos.
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sábado, 11 de febrero de 2017
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