Muy rara vez los milagros ocurren.
Pasan tan poco porque dependen de nosotros mismos -en esencia-
y de un montón de cosas que tienen que conjugarse
para que algo absolutamente extraordinario acontezca,
por sobre todas las cosas, por la disposición intima
que podemos llegar a poner para que las cosas
que no eran capaces de suceder, sucedan.
A los milagros por lo tanto hay que buscarlos.
Y se les debe agradecer su ocurrencia,
y la enorme capacidad de uno
para que esas cosas extraordinarias aparezcan.
Los milagros no dependen de la fe
(si consideramos que la fe es ciega).
Los milagros precisan de un lúcido empeño
capaz de promover su ocurrencia,
y de una dosis elevada de perseverancia
en torno a la fuerza interna que tenemos
al momento de conectarnos
con lo que no somos pero que nos acompaña
y nos puede acompañar mucho más,
que es precisamente lo que ocurre
cuando el milagro se presenta
y las cosas que no nos competen
logran ser de nuestra competencia
y lo inalcanzable queda al alcance de la mano
y los perros del mundo dejan de ladrar.
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1 comentario:
Guau! Hermoso!
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