Estamos por fin frente mar, entramos en su canto, tenemos ya su forma de ser, apreciada aceitosidad en el cuerpo, sí, por fin, nosotros, los que vamos detrás de las olas, detrás de los perfumes de las algas, nosotros, los que pisamos los montículos de arena que otros dejan, los que recordamos siempre las montañas rusas, esas que acá se magnifican, ruedan al punto que las máscaras africanas también se aceleran, y el conjunto que se presenta es la imagen total de Central Park prendiéndose fuego, ardiendo solo para enseñarnos que no hay un lugar tibio, libre y sagrado, ni una pecera que no tenga sus bordes cubiertos de una pátina de mugre y alfalfa, la misma que vimos de chicos y ahora volvemos a tener, secándose, ardua, en las manos.
En el cuadro, un pájaro negro, del que desconocemos el nombre, nos mira.
Por suerte hay una virgen estampada en nuestro corazón y esa virgen -señora inmaculada fuente de todas las fuentes- nos sostiene hasta permitirnos olvidarnos de que no nos podemos afeitar porque no encontramos los utensilios necesarios.
Todo va a pasar, nos decimos. Y es cierto, todo pasa. El telón, después de escuchar mucho tiempo hablar sobre el escenario, baja.
miércoles, 11 de diciembre de 2019
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