Ojalá algún día pueda entender cómo otorgarle a la vida el sentido más útil que encuentro en la teoría. Es decir, uno sabe —más o menos— lo que debe hacer con su vida porque ha leído el Evangelio o a los estoicos, incluso a Buda o a Mahoma. Pero el problema es la práctica. Mil veces me he dicho —y todavía intento recordarlo cada tanto— que debo valorar todo lo que tengo, que es abundante y brillante. Sin embargo, siempre encuentro los mil motivos para no estar en paz conmigo. Puedo decir que mi ambición supera mi realidad. Un deseo más grande siempre me gana como una ola que me pasa por encima y me arrastra en innumerables pensamientos destinados a alcanzar ciertos objetivos. Algunos los alcanzo, y otros no. Pero los que alcanzo solo me traen cierto sosiego momentáneo, a veces nimio, otras un poco más prolongado, pero enseguida está el próximo, porque el tiempo corre y lo mismo los deseos, que van a la par, y hay que satisfacerlos, pero son muchos, montones, están en fila, uno a uno se amontonan. El deseo de viajar, conocer el mundo, por ejemplo. No sé de dónde viene, si de una imposición familiar, social, o de un espacio genuino de mi interior. Porque no sé bien qué deseo en verdad. Es lo más difícil de desentrañar. Y cuando desgrano en mi cabeza los deseos más básicos, no queda nada.
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jueves, 29 de mayo de 2025
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