Estoy apoyado en la pared de un mercado a la espera de que mi pareja termine de comprar con mi hijo. Enfrente, veo una tienda de ropa de autor. Prendas tejidas a mano; noto una estética sofisticada. Detrás del vidrio, dos mujeres se miden prendas. Me hace acordar cuando de niño espiaba, en el petit hotel de al lado, una ventana. Tras ella unas modelos se cambiaban los viernes a la nochecita -cuando en el lugar se celebraban desfiles de moda-. Me ponía nervioso admirando a esas mujeres. Se lo comenté a mi padre y no tuvo una respuesta para darme.
Veo una mujer de pelo oscuro lacio, flaca; se regodea frente a un espejo. Se le suma una rubia todavía más llamativa. Cuando mi mujer sale, le digo si no quiere ver la tienda. Ni bien ingreso, intento refrenar mi curiosidad yendo hacia el fondo. En ese lugar, descubro un Buda tallado en alabastro. Me acerco hacia el lugar donde está la caja. La rubia y la morocha son italianas. Hablan de un festival de música electrónica. Al verlas más de cerca, se evapora la magia.
Cuando salimos de ese local, damos muchas vueltas por el frente de distintos restaurantes sin entrar a ninguno. Por fin, recalamos en uno autóctono. Un gran ambiente abierto en una construcción de madera. Los sillones son cómodos. Nos atiende un joven bien dispuesto. Cuando pago la cuenta, me quedo fijo en un bailongo que se armó en la zona de la cocina. Cocineros y cocineras bailan una música dulce con movimientos graciosos, tiernos, abrazándose por momentos entre risas. Solo veo sus cuerpos de los hombros para arriba y eso le otorga a sus movimientos más gracia. Me quedaría viéndolos un rato, pero ya no queda nadie en el lugar. Debemos irnos.
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