Llegamos al lugar donde estacionamos cerca de la playa. Volvió a estar en funciones la barrera. Hay un hombre que la comanda. Lo extraño es que cuando me acerco la levanta y me saluda. No me cobra nada. Avanzo hasta casi el final de la calle, justo antes de donde comienza el hotel. Estaciono y miro un poco la vegetación. Selva con restos de basura de tanto en tanto. Caminamos hasta la entrada al parque. Antes, ha acontecido una suerte de disputa con mi pareja. Ella, con su hermana, planean introducir una botella de plástico -que está prohibido- con la promesa de que no la van a desechar en cualquier lado. La traerán de regreso. Ensayo una serie de ironías porque la situación me perturba. Pasamos los controles -que no detectan la botella-. Ellas, cuando las miro, noto que actúan como si nada. Decidimos caminar en vez de esperar el carro eléctrico. Pronto, la hermana de mujer se queja de la distancia y el calor. Mi hijo se acopla. No entiendo a la gente que hace una cuestión por el hecho de caminar, acoto. Entramos en el lugar que tiene las cabañas casi del todo cerradas. A Emiliano, el guardián del lugar, le pido un Coca Cola. Le digo que se quede con el vuelto. Nos sentamos en una sombrilla con techo de paja donde hay dos sillas. Preguntamos a una familia mexicana, que ocupa otra sombrilla, si nos prestan una; con mucha amabilidad nos traen dos sillas más. Extremo mis agradecimientos. El mar esta calmo. Azul con turquesas. Sin gente casi. Unas rocas y después el mar. A nuestra izquierda, comienza la playa. Un parador con un hotel de lujo pequeño. Tiene la música relativamente baja. Hora de nadar. Me levanto de la sombrilla con la esperanza de acallar un malestar indefinido que siento desde la madrugada.
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lunes, 19 de enero de 2026
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Día en la playa
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