Jugué con mi hijo al fútbol tenis en la playa. Armamos en la arena un rectángulo con una línea en el medio simulando una red imaginaria. Nos costó encontrarle el ritmo, pero luego la pelota fue y vino. Ya cansado, me fui solo al mar. Mi hijo quiso sentarse en las rocas, supongo que para escuchar música, atento al mar.
Fuimos luego donde estaba mi pareja con su hermana. Un hotel pequeño que tiene unas sombrillas de paja, arriba de unas rocas, frente al mar. La luna, redonda, inmensa, subía cuando el sol se iba. El mar oscurecido, calmo. Una familia —europeos o americanos—, a metros nuestro, en las rocas, escuchaba música con un parlante.
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