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martes, 13 de enero de 2026

Tulum zona arqueológica

 Primero fuimos hasta el lugar donde estacionamos siempre. No había nadie franqueando la entrada y exigiendo un pago. Domingo, pensé. Estacionamos después de preguntarle a un norteamericano si el espacio era gratuito. Dijo que sí. El resto de los días nos cobran la entrada esas personas que tiene un barrera en una calle que aparenta ser pública. Pasamos luego el ingreso al parque jaguar donde revisan  las pertenencias para corroborar que uno no ingrese con plásticos -que luego se encuentran a lo largo de la playa porque los trae la marea y nadie los retira-. Subimos a un carro eléctrico que lleva a las personas a las playas. Mi pareja se puso a charlar con una mujer acerca del ingreso a la zona arqueológica. Hay que caminar bastante por la playa -porque el carro eléctrico no llega hasta el lugar-, subir por una cuesta, pasar una cafetería, seguir por una calle que atraviesa un espacio selvático, hacer una cola para comprar los boletos y después otra cola para obtener unas pulseras, previo pagar otra suma de dinero. A esta zona habíamos venido con mi pareja treinta años atrás. Recuerdo haber visto ruinas orientadas al mar en un lugar alto. 

Por fin entramos. Los carteles que detallan la historia no son bien legibles ni brindan información acertada. Las edificaciones me generan un vago interés por las formas rectilíneas que se abren en las cimas. Pero hay demasiada gente en el lugar y eso me distrae. Mi hijo deseaba ir a esta zona (que intuía iba a estar llena de gente). Con todo, hablé con un hombre bondadoso -un visitante- acerca de la técnica que usaban los mayas para unir las piedras. Calculo que el hombre, mexicano, tenía alrededor de sesenta años, parecía afectuoso con los instantes. Sonreía con cierta diversión contenida en la cara. 

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